La momia de Legazpi

No es ni de lejos tan antigua como las conocidas de egipcios y aztecas, pero la verdad es que tiene también sus añitos. Me estoy refiriendo a esa estatua ornamental que situada en el centro de la Plaza de Legazpi, lleva "provisionalmente" envuelta en lona protectora desde hace más de seis años, a la espera de una reforma integral de la plaza (está proyectado bajo la misma un gran intercambiador) que la crisis lleva aplazando sine die.

La "momia de la plaza", como popularmente es identificada ya por algunos vecinos de la zona, fue en su día una estatua de cierto relumbrón, pues formaba parte, junto con otras dos a las que me referiré más adelante, del llamativo conjunto escultórico que coronaba la fachada principal del que fue en origen Ministerio de Fomento y hoy lo es de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Las esculturas que actualmente vemos en la cúspide de este singular edificio de la glorieta de Atocha son una réplica en bronce de las originales de mármol, las cuales fueron retiradas en 1976 pues, algo deterioradas, amenazaban con arrojar fragmentos sobre los viandantes (hubo varios desprendimientos).

Nuestra momia y sus dos referenciadas compañeras fueron creadas a principios del siglo XX por Agustín Querol, uno de los escultores españoles más cotizados por aquel entonces (obras suyas en Madrid son también, por ejemplo, los monumentos a Quevedo y a Claudio Moyano, el mausoleo de Cánovas del Castillo y el frontón de la Biblioteca Nacional). Querol proyectó un conjunto escultórico en el que se exaltaba alegóricamente al progreso: En el centro de la composición La Gloria (una victoria alada junto a las alegorías de la Ciencia y el Arte) y a ambos lados de ella, dos Pegasos acompañados por figuras humanas que simbolizan, en un caso la Filosofía y las Letras y, en el otro, la Agricultura y la Industria (este es el que se corresponde con nuestra momia).

Cuando se decidió retirar de la azotea del ministerio las esculturas de mármol, estas sufrieron además un nuevo deterioro, pues fueron fraccionadas para facilitar su bajada. Tras un periodo de almacenaje en dependencias municipales el conjunto escultórico fue finalmente reubicado, pero ya de forma separada. Los dos Pegasos se instalaron a finales del siglo XX en la Plaza de Legazpi, mientras que La Gloria se decidió que estuviese en la Glorieta de Cádiz.

A fecha de hoy sólo esta última parece haberse asentado definitivamente en su nuevo lugar, pues la aventura de los Pegasos sigue sin estar definida: Uno, nuestro protagonista, permanece como ignorado en esa plaza pendiente de remodelación, el otro fue trasladado en 2005 a un recinto almacén del Ayuntamiento en la calle Ancora. Su deterioro, fruto del tiempo y de la manipulación en los traslados sufridos, es apreciable.

Madrid cota a cota

Si en la vida conviene tener cierta "altura de miras" los madrileños tenemos la suerte de vivir en una ciudad que nos ayuda a ello, ya que, así de entrada y sin esfuerzo, nos sitúa a 655 metros de elevación media sobre el nivel del mar, ¡Algo tenemos ya ganado!

Efectivamente Madrid es una ciudad situada comparativamente a otras a una buena altitud. En un país montañoso como España ocupa la posición 14 en el ranking de capitales de provincia (Ávila es, con 1131 metros la más alta) y si miramos a Europa, donde el 56 % del territorio no supera los 200 m de altitud, encontramos que Madrid está entre las tres primeras capitales de país (Andorra la Vella, con 1123 metros, ocupa la primera posición).

Sabemos popularmente que las altitudes se miden topográficamente referenciando un lugar respecto a su elevación sobre el nivel del mar, pero quizás no todos sepan que dicho nivel no tiene un único punto de referencia mundial, sino que cada país tiene el suyo. En España, la referencia es Alicante. ¿Sabes por qué?

Dado que las mareas provocan que el agua de los mares y océanos esté siempre en constante movimiento, generando con ello importantes fluctuaciones de nivel en las costas, cuando a finales del siglo XIX se decidió hacer en España una medición rigurosa de la elevación del territorio para documentar correctamente la cartografía nacional existente, se vio la necesidad de establecer un lugar fiable de referencia en el que situar la cota inicial a partir de la cual hacer el levantamiento altimétrico. Tras varias comparativas de lugares posibles se optó finalmente por elegir la bahía de Alicante, ya que poseía una gran estabilidad geológica, sus mareas presentaban poca diferencia entre la pleamar y la bajamar, y porque Alicante estaba relativamente próximo y bien comunicado con Madrid, ciudad donde se había situado como centro de observaciones geodésicas el Observatorio Astronómico Nacional.

A lo largo de un amplio periodo de tiempo se fueron tomando en Alicante medidas de nivel en una de las escaleras del Muelle de la Reina, estableciéndose finalmente como referencia el valor medio obtenido a lo largo de ese tiempo. A partir del punto de observación fijado, se transportó por nivelación este hasta el primer escalón de la escalinata del Ayuntamiento de la ciudad y allí se fijó la primera cota oficial, fijándola para la posteridad con una marca metálica insertada en la piedra de dicho escalón. Se la señaló con el indicativo NP1 y marca que el lugar está a 3,407 metros sobre el nivel del mar (en la foto adjunta puedes ver el escalón referenciado). A partir de esta cota se fueron estableciendo el resto de altitudes. En Madrid la medición se hizo en el Observatorio Astronómico, fijándose una cota de 625,562 metros y quedó fijada con la señal NP26.

Poco a poco, muchos ayuntamientos del país, edificios oficiales y, sobre todo estaciones de tren, fueron dotándose de placas indicativas de la altitud respecto al mar a la que se encontraba el lugar. La foto inicial de esta entrada de blog es un ejemplo: Dicha placa está en la de la fachada del Palacio Real de Madrid y nos indica que este edificio se encuentra a 642,3 metros de altitud.

Repasado el origen de estas mediciones topográficas, la curiosidad lleva a plantear algunas nuevas preguntas relacionadas al respecto con nuestra región: ¿Dónde se encuentra el punto más alto y más bajo de la ciudad de Madrid?. ¿Y si miramos a la Comunidad?

Parece ser que la mayor altura de Madrid capital (hablo siempre a ras de suelo, pues del skyline madrileño ya me ocupé en una entrada anterior de este blog) la encontramos en la zona de Fuencarral-Tres Olivos, en torno al Parque de Santa Ana (unos 742 metros de altitud). En contraposición, la zona más baja de la ciudad es la que se extiende a lo largo de la rivera del río Manzanares (principalmente Legazpi, Carabanchel Bajo y San Cristobal). Respecto al conjunto de la Comunidad el techo es, por supuesto, la cumbre del monte Peñalara, con 2430 metros, pero si nos centramos en poblaciones la mayor altura la tenemos en Somosierra (1434 m) y en Santa Mª de la Alameda (1420 m). Las poblaciones que están a menor altura son Aldea del Fresno (476 m) y Aranjuez (489 m).

Tabacalera. Espacio Promoción del Arte

Cuando uno visita las exposiciones que periódicamente se muestran en Tabacalera Espacio Promoción del Arte no puede por menos que quedar sorprendido también del propio espacio expositivo. El edificio en el que se ubica, construido entre 1780 y 1792, fue inicialmente Real Fábrica de Aguardientes y Naipes, pero pronto, en 1809, se decidió reconvertirlo en Fábrica de Tabacos y Rapé, manteniendo la instalación su actividad hasta finales del siglo XX (el lugar fue importante en el marco industrial y social madrileño, pues dio trabajo a numerosas mujeres y elevó a categoría de tipismo la profesión de cigarrera, asociada a menudo con el prototipo de la chulapona castiza). Cuando en el año 2000 cesó definitivamente en este edificio la actividad industrial de Tabacalera, el local se cerró durante varios años, hasta que finalmente se decidió darle una nueva utilidad pública, dividiendo eso sí el espacio útil de uso en dos áreas diferenciadas: Una de ellas, la que nos ocupa, es gestionada por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que organiza allí exposiciones temporales y actividades en torno a la fotografía, el arte contemporáneo y las artes visuales. El resto del espacio ha sido cedido, creo que provisionalmente, al Centro Social Autogestionado La Tabacalera de Lavapiés.

Las salas destinadas a exposición conservan en general el aspecto decadente sufrido por el abandono de la actividad industrial, al estilo vanguardista de otros centros expositivos como el de Matadero. La idea es buena y sobre todo aparentemente barata, aunque no estaría de más en este caso algo de calefacción en el recinto para estos meses invernales (en verano el sitio es sin duda ideal para estar fresquito).

Una mirada a la Red de Parques Nacionales

En el Parque de Arganzuela  podemos ver estos días una exposición de paneles fotográficos relacionados con los Parques Nacionales de España, en la que se destaca la reciente incorporación a dicha Red Nacional del Parque de la Sierra de Guadarrama, declarado oficialmente como tal en junio del presente año 2013.

La exposición cuenta con 70 paneles fotográficos e informativos en gran formato, en los que se muestran bellos parajes y detalles de flora y fauna de cada uno de los 15 Parques Nacionales existentes en España, de los que recordemos, diez se encuentran en la Península, cuatro en las islas Canarias y uno en las Baleares. Refresquemos seguidamente con una simple enumeración la lista de dichos parques:

  • Picos de Europa (Asturias, León y Cantabria)
  • Ordesa y Monte Perdido (Huesca)
  • Cañadas del Teide (Tenerife)
  • Caldera de Taburiente (La Palma)
  • Aigüestortes y Lago San Mauricio (Lérida)
  • Doñana (Huelva)
  • Tablas de Daimiel (Ciudad Real)
  • Timanfaya (Lanzarote)
  • Garajonay (La Gomera)
  • Archipiélago de Cabrera (Islas Baleares)
  • Cabañeros (Ciudad Real, Toledo)
  • Sierra Nevada (Granada, Almería)
  • Islas Atlánticas de Galicia (Pontevedra, A'Coruña)
  • Monfragúe (Cáceres)
  • Sierra de Guadarrama (Madrid, Segovia)

El primer Parque Nacional creado en el mundo fue, en 1872, el de Yellowstone (EE. UU.), famoso entre nosotros no tanto por su gran concentración de geiseres y fenómenos volcánicos, sino especialmente por haber sido la residencia del popular Oso Yogi de nuestra infancia. En España, el primero de estos Parques fue el de Picos de Europa, declarado como tal en junio de 1918 y que originalmente se llamó Parque Nacional de la Montaña de Covadonga. En la actualidad es el segundo Parque más visitado de nuestro país (el primero es el de las Cañadas del Teide).

La incorporación de la Sierra de Guadarrama a la Red de Parques Nacionales ha venido justificada, tal como indica la disposición de ley 7/2013 del pasado 25 de junio en la que se oficializa la creación del nuevo Parque, "no sólo por dar satisfacción al interés general de preservar toda la riqueza natural y cultural que atesora la Sierra de Guadarrama, sino que además hace justicia con lo que ha sido un profundo anhelo social sentido desde hace casi un siglo: la necesidad de frenar el deterioro que el incremento demográfico y el turismo de masas producen en un entorno tan próximo a una gran urbe como Madrid". ¡Bienvenido sea el nuevo Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama! y esperemos que cumpla su cometido conservacionista.

Recorriendo visualmente las fotografías expuestas en los paneles del Parque de Arganzuela, todas ellas de una gran fuerza y belleza, se despertará sin duda en el observador amante de la naturaleza el deseo de conocer estos parajes, o revivir gratificantes experiencias pasadas si ya se ha estado en ellos. Confiemos en que también sirvan para reforzar conciencias y responsabilidades, individuales y colectivas, sobre la importancia de proteger y preservar nuestro Medio Ambiente.



Los monarcas desplazados

Las 20 estatuas que adornan los laterales de la Plaza de Oriente son popularmente conocidas por los madrileños como las de los reyes godos, aunque en realidad solo algunas de ellas representan realmente a monarcas anteriores al 711, fecha en que estos dejaron de reinar en nuestro país. La generalización sin duda tiene algo que ver con el estigma que durante años supuso para los estudiantes españoles el aprendizaje memorístico, completo y cronológico, de los 33 monarcas visigóticos que desde Ataulfo hasta Rodrigo gobernaron la mayor parte de la península Ibérica desde el siglo V hasta la invasión musulmana. ¡La famosa "lista de los Reyes Godos!.

Esta estatuas son realmente parte de un gran proyecto con el que se pretendía ornamentar la cornisa y balaustradas del Palacio Real, y que se vio frustrado tras un cambio final de planes. Veamos seguidamente con un poco de detalle la historia de estas estatuas:

Tras el incendio sufrido por el Real Alcazar madrileño en la Nochebuena de 1734, el rey del momento, Felipe V, decide construir sobre sus ruinas el nuevo Palacio Real que hoy admiramos. La madera, predominante en el edificio anterior, es ahora remplazada por robusta piedra que minimiza nuevos riesgos y, de paso, todo el palacio se ajusta a la estética barroca que estaba de moda ya por entonces. Para completar la decoración exterior del palacio, cuyas obras se acometieron entre 1738 y 1755, se planteó una ornamentación que reforzase el sentimiento real, ideándose entonces el proyecto de representar a todos los reyes que hasta ese momento había tenido España. Se encargó al erudito benedictino Fray Martín Sarmiento (1695-1772) la dirección iconografico de una historia de España a través de esculturas individualizadas de cada uno de sus reyes y el proyecto fue fielmente cumplido, esculpiéndose en total 108 estatuas, representativas de la monarquía hispana desde los reyes godos hasta los Borbones, e incluyendo además algunos grandes personajes vinculados con el Imperio, como los emperadores de México y Perú.

Las esculturas, labradas todas en piedra blanca y de similares dimensiones, muestran un valor artístico desigual, pues no sólo son fruto de diversos escultores, sino que debemos tener presente además que la mayoría se hicieron para ser contempladas a distancia y por tanto no siempre se han trabajado bien los detalles. Pese a todo, su valor iconográfico es alto. Curioso, por ejemplo es el significado de los escudos que aparecen junto a muchas de las figuras y que hacen referencia al cónyuge, indicando, si está a la izquierda y contiene el retrato de la esposa (hay también algún hormbre, pues hubo reinas), que esta fue madre de heredero de la corona. Si el heredero no era el hijo legítimo el escudo del rey queda sin labrar y en él no aparece el rostro de su esposa, y si el escudo se sitúa a la derecha y no pegado a su cuerpo, significa que ninguno de los cónyuges eran los padres del sucesor del trono. ¡Toda una simbología esculpida en piedra para la historia!

Como ya comenté, la idea inicial era que todas estas estatuas adornasen las balaustradas y coronases las cuatro fachadas del Palacio Real, pero la gran mayoría de ellas nunca llegó a ocupar dicho lugar. Cuenta una leyenda madrileña que fue Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, quién pidió a su esposo que no se pusiesen finalmente sobre la cornisa, pues una noche tuvo una pesadilla en la que soñó que se producía un terremoto en el Palacio Real y una de las enormes esculturas le caía encima y la mataba. La verdad parece que fue sin embargo menos onírica y apunta que fue Sabatini, el arquitecto encargado de la conclusión de las obras del Palacio, quien sugirió a Carlos III, el monarca reinante ya entonces y que sería en verdad el primer inquilino real del Palacio, que no se izasen sobre la cornisa, tanto por prudencia para no sobrecargar el peso del edificio (cada estatua pesa unas tres toneladas) como por sobriedad estética, ya que la ostentación barroca había pasado de moda y ahora se llevaba el más austero estilo neoclásico. ¡Eran demasiados reyes por encima de la cabeza del monarca!

Despojadas de su propósito inicial de ornamentación palaciega y despreciado el sentido pedagógico que Sarmiento pretendió dar al conjunto unido de todas ellas, las estatuas empezaron poco a poco a ser distribuidas por plazas y jardines, no sólo de la capital, sino tambien de otras ciudades españolas (Toledo, Burgos, Vitoria, Logroño y Pamplona son algunos ejemplos de destinos). En Madrid, las que se decidió finalmente no mantener en la fachada del Palacio Real fueron repartiéndose por la Plaza de Oriente, los jardines de Sabatini, El Retiro, la fachada del Museo del Ejército y la Glorieta de las Pirámides (hoy estas últimas ya no están, pero la foto anexa de tiempos de la Guerra Civil nos ofrece testimonio de su existencia).

Para el paseante curioso puede ser un aliciente motivador el redescubrir personalmente qué estatuas son las que permanecen en la ciudad. No hay aparentemente demasiada lógica en la distribución de las figuras, pero quizás tu descubras nexos. Por ejemplo, al primer y último rey godo los tenemos relativamente cerca uno de otro en la Plaza de Oriente. ¡Algo es algo!


El siguiente enlace puede ayudarte a localizar las estatuas: http://commons.wikimedia.org/wiki/Estatuas_del_Palacio_Real_de_Madrid


Las antíguas Escuelas Pías de San Fernando


Lavapiés, referente del casticismo madrileño de manolos y manolas, ha sido siempre un barrio de gente humilde, con viviendas que en muchos casos, como ocurre con buena parte de las famosas corralas existentes aún en el distrito, rozan los límites de habitabilidad exigibles hoy en día. Es evidente que durante años ha faltado en el barrio inversión para el mantenimiento y regeneración urbanística, quedando como un claro ejemplo de la desidia municipal en la zona el hecho de que, con el comienzo del siglo XXI, en el corazón del barrio aún permanecieran en estado de casi abandono los restos de las Escuelas Pías de San Fernando, destruidas en los primeros días de la Guerra Civil.

En 1996 la Gerencia de Urbanismo de Madrid sacó por fin un concurso para remodelar este espacio en ruinas, acometiéndose las obras en 2001. La adjudicación fue ganada por el arquitecto Jose Ignacio Linazasoro, quien con verdadero acierto presentó un proyecto visualmente integrador, en el que lo nuevo compartiría espacio con las ruinas existentes sin alterarlas, ya que se valoró que estas se habían convertido de alguna manera en un símbolo representativo del barrio. Por una vez, lo nuevo se supeditó a lo viejo, exhibiéndose los restos del pasado no como mero adorno sino como resalte del valor que encierran en sí mismos. Así, las ruinas de la iglesia de lo que fue el convento y colegio de San Fernando son hoy el caparazón de una hermosísima biblioteca cuya visión interior nos sorprenderá, y sobre el solar anexo, integrándose adecuadamente con los restos de la iglesia señalados, se edificó un funcional Centro de la UNED, al que merece la pena también pasar para subir hasta su azotea (hay un bar con agradable terraza desde la que disfrutaremos contemplando los tejados del viejo Madrid).

Pero hagamos como siempre un poco de retrospectiva histórica en torno a este lugar para conocerlo mejor:

El Convento y Colegio de San Fernando se funda en 1729 sobre unos terrenos existentes en la calle de Mesón de Paredes en los que por lo visto había estado desde 1617 el Hospital de Nuestra Señora de Montserrat (perteneciente a la Corona de Aragón). Este Colegio, orientado a recoger a los niños de las familias de clase humilde que vivían en Lavapiés, fue el primero perteneciente a la Orden de los Padres Escolapios creado en Madrid (posteriormente abrirían el de San Antón, en la calle Hortaleza). El Colegio tuvo buena acogida, incrementando significativamente el número inicial de alumnos previsto, lo que llevó a los fundadores a adquirir casas anejas al solar inicial para una previsible ampliación, que culminaría con la proyección de un nuevo Colegio más espacioso, encargándose el proyecto a Francisco Ruiz, uno de los notables arquitectos madrileños de la primera mitad del siglo XVIII. En 1734 Ruiz proyectó la planta del Colegio, del Convento y su Iglesia, y tres años después comenzó su construcción. Tras la muerte del arquitecto en 1744, José Álvarez continuó con las obras del conjunto que finalizaron en 1791. La fachada principal del complejo daba a la calle de Mesón de Paredes y ocupaba todo el área comprendida entre esta y las calles de Tribulete, Embajadores y Sombrerete.

El Colegio de San Fernando tuvo fama, durante sus muchos años de funcionamiento, de buen hacer pedagógico, siendo por ejemplo destacable que ya en 1795 funcionase allí la primera escuela de sordomudos de España. El Centro vivió varias obras de ampliación a lo largo del tiempo, que le dotaron ya entrado el siglo XIX de remodeladas instalaciones para atender a sus ahora cerca de 2000 alumnos, buena biblioteca (contaba con más de 17.000 volúmenes), gabinete de Historia Natural, de Física, comedor para los alumnos internos, sala de visitas, etc.

Con la llegada de la Guerra Civil, como ocurrió con otros edificios religiosos de Madrid, el conjunto fue saqueado e incendiado, quedando para la posteridad como único testimonio del edificio original las ruinas de parte de los muros perimetrales, los gruesos muros del tambor de la cúpula de la iglesia, la fachada principal y restos de la decoración barroca. También se conservan, aunque instaladas ahora en el Colegio de la Inmaculada de los P.P. Escolapios en Getafe (son figuras policromadas que han sido restauradas recientemente por Patrimonio Histórico).

En los años 40 en la parte del solar de las Escuelas que daba a la calle de Embajadores se construyó el Mercado Municipal de San Fernando y algunos años después, junto a la calle Tribulete, el Cine Lavapiés, abriéndose en los bajos de este edificio la famosa sala de fiestas "El Molino Rojo", referencia del cabaret madrileño entre los años 50 y 80. El edificio sería finalmente demolido a finales del siglo XX, construyéndose sobre su solar el actual Centro de la UNED enmarcado en el ya mencionado proyecto de remodelación de Linazasoro y que incluía junto al área de las Escuelas Pías, las plazas adyacentes de Agustín Lara (se había construido un aparcamiento en el subsuelo) y de La Corrala.
 

La biblioteca de las Escuelas Pías es accesible en principio sólo para alumnos de la UNED, pero puede visitarse libremente de  lunes a viernes, en horario de 9,15 a 10,00 h. y de 21,00 a 21,45 horas.

Real Academia de Medicina

En el número 12 de la calle Arrieta, cerca de la Plaza de la Encarnación, un edificio singular llama sin duda la atención del paseante por los dos enormes y forzudos atlantes de piedra que, a ambos lados de la puerta, parecen sostener la fachada. Alzando la vista vemos que se trata de la Real Academia de Medicina  y que el edificio se encuentra además coronado por un gran escudo y dos figuras de mujer (alegorías de la Medicina y de la Ciencia).

Las Reales Academias, surgidas del espíritu de la Ilustración y amparadas por la Corona, empezaron a constituirse en España en el siglo XVIII. Existen ocho Reales Academias oficiales con sede en Madrid (la RAE o de La Lengua, la de Bellas Artes de San Fernando, la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, la de Ciencias Morales y Políticas, la de Medicina, la de Jurisprudencia y Legislación, y la de Farmacia). Además de estas, que tienen un carácter centralizador, hay otras cincuenta Reales Academias con dimensión autonómica y sectorial.

La Real Academia de Medicina, al igual que ocurrió con las de otras disciplinas, asienta por lo visto sus orígenes en la actividad de un grupo de asiduos tertulianos, médicos y farmacéuticos de profesión, que se reunían en la rebotica del nº 10 de la calle de la Montera (propiedad de José Ortega) y que en 1733 deciden constituirse en agrupación profesional con el nombre de Tertulia Literaria Médica Matritense, la cual pasaría al año siguiente a convertirse en Academia por Real Decreto de Felipe V. Su objetivo fundacional: “Fomentar el progreso de la medicina española, publicar su historia bibliográfica, formar la geografía médica del país y un diccionario tecnológico de la Medicina”.

Tras su constitución, la Real Academia de Medicina pasó por diversas sedes a lo largo de los años hasta asentarse definitivamente, a comienzos del siglo XX, en su ubicación actual, gracias a un real decreto por el que se aprobaba la construcción de un nuevo edificio, pensado ya específicamente para servir a dicha institución, en el solar de la calle de Arrieta que hasta ese momento había ocupado la Biblioteca Nacional. El arquitecto fue Luis María Cabello Lapiedra y la  primera piedra, valga la curiosa redundancia,  se colocó en 1911, finalizando las obras en 1914. Puede observarse que en la fachada del edificio están grabadas la fechas significativas de constitución de la Academia (1733) y de inauguración de la sede (1913), detalle este último que nos lleva a constatar que entonces, como ahora, las inauguraciones no siempre se hacían después de la finalización de las obras.

El interior del edificio, más allá de las salas de exposición temporal habilitadas en su planta baja, sólo es visitable en determinadas ocasiones, por lo que conviene aprovecharlas. Una de ellas ha sido con motivo de la X Semana de la Arquitectura y he de decir que la visita mereció la pena.

Tras atravesar el zaguán de entrada (se muestra en él una de las copias originales del famoso plano de Texeira) encontramos el vestíbulo y el Patio de Honor (el solar del edificio es relativamente pequeño y toda la edificación se construyó buscando la optimización de espacios). Este último presenta un bonito techo acristalado y está rematado con una majestuosa lámpara de La Granja. Pasando el Patio se entra en la que sin duda es la pieza más interesante de la casa: El Salón de Actos. Coquetón, solemne y con apariencia de reducido teatro, se encuentra presidido, con permiso de la mesa, por un gran cuadro de Felipe V.  Frente a la presidencia, o mejor dicho de costado a ella, los sillones de los 50 académicos. A continuación, en butacas de patio y anfiteatro, el resto de asistentes. Retratos de destacadas figuras de todos los tiempos ligadas a la medicina contemplan la sala desde medallones en lo alto de las paredes.

El guía nos lleva seguidamente al denominado Salón Amarillo, que en realidad es la antesala al Salón de Actos destinada a los señores académicos, y que se encuentra decorado con elegantes muebles y con retratos de insignes médicos, como el de José Celestino Mutis (recordar que es el que aparecía en los antiguos billetes de 2000 pesetas) o el del académico Amalio Gimeno, pintado por Sorolla y que recojo en la fotografía adjunta. También se encuentra en este salón un busto del gran Santiago Ramón y Cajal, obra del escultor Victorio Macho. La visita prosigue pasando al Salón Azul, en el que llaman la atención sobre todo dos cosas: el suelo primitivo de azulejos hidráulicos, descubierto no hace demasiado bajo una moqueta azul (de ahí el nombre que se dio a esta estancia), y un curioso cuadro, cedido por el Museo del Prado, titulado Centro de Vacunación y que hace referencia al importantísimo descubrimiento de la vacuna.

En el primer piso, el tradicionalmente concebido como principal en las casas de época, encontramos el Salón de Gobierno, lugar donde los académicos celebran sus reuniones de trabajo, y la hermosísima biblioteca. El edificio tiene un piso más, pero creo que no es visitable, o al menos no lo fue en el recorrido que nos mostraron (entiendo que no contiene ya aspectos destacables para los foráneos a la institución).

Si tienes curiosidad sobre la actividad actual de la Real Academia de Medicina te propongo que accedas a su web. ¡Salud!