Exposición: Bellver. Vida pasajera

Fernando Bellver es uno de esos artistas camaleónicos que, desde el dominio pleno del dibujo y la técnica pictórica, es capaz de crear obras de estilos iconográficos muy diversos, siendo acusado por ello de impersonal por parte de ciertos críticos, aunque como él ha reconocido en diversas ocasiones, dicho reproche no le molesta en absoluto, ya que lo que le divierte es crear y con frecuencia, en la variedad está el gusto. Por supuesto, a los que disfrutamos con su obra tampoco nos incomoda dicha dispersión de estilos.

La exposición “Bellver. Vida pasajera” que hasta el 28 de agosto puede verse en el espacio Tabacalera Promoción Arte (Embajadores, 51) es sin duda una buena ocasión de juzgar por nosotros mismos, pues contiene una relativamente amplia muestra de lo que ha sido su trabajo creativo en los últimos 30 años, incluyéndose entre las más de ochenta obras elegidas para la ocasión aguafuertes, oleos y esculturas.

Podemos constatar que a menudo su obra se construye a partir de creaciones de otros artistas que nos son más o menos fácilmente reconocibles,  y que es a partir de pequeñas o grandes transformaciones de los elementos de la composición, que esta cambia su sentido, cargándola a menudo de guiños irónicos. El resultado es por lo general una obra densa en imagen, pues Bellver gusta de llenar casi todos los espacios, que atrapa la atención del observador y le anima, más allá de la visión general a la búsqueda de detalles.

En la exposición podemos ver obras de varias de sus series más conocidas, como la realizada en torno a las carreras de caballos, o la que tiene como protagonistas a los personajes del comic de Tintín. También se muestran por ejemplo varias Madonnas, y diversas obras de su serie de viajes y hoteles, en las que, a modo de curiosa firma simbólica, podemos distinguir esa pipa y ese sombrero que de algún modo forman ya parte de su iconografía personal.

Fernando Bellver es madrileño, nacido en 1954. De familia con tradición artística (es sobrino nieto del escultor Ricardo Bellver, autor de la famosa escultura del Ángel Caído instalada en el parque del Retiro) estudió en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid y se especializó en técnicas del grabado. En el año 2008 recibió el Premio Nacional de Arte Gráfico.




En el origen del Senado y del Congreso

Aunque en otro momento dedicaré en este blog espacio específico a las visitas guiadas que es posible hacer a los edificios del Senado y del Congreso, ahora simplemente me centraré en comentar algo de su historia común, pues más allá de su actividad política, ambas instituciones comparten curiosamente el que sus sedes se asientan sobre antiguos conventos. Veamos pues algo de esos orígenes y alguna que otra curiosidad:

Remontémonos a principios del siglo XIX. España, tras la invasión napoleónica de 1808, se va a ver profundamente convulsionada, y no sólo por la Guerra de la Independencia, sino por la crisis institucional que sufrió en los años siguientes y que significaron en buena medida una puesta en valor del papel de la ciudadanía respecto al que había mantenido en etapas anteriores. Ausente la corona del país por decisión forzada de los invasores, vemos como a partir de 1810 se reunirán en Cadiz las Cortes de regencia, elegidas mediante sufragio restringido, y que van a promover importantes reformas, entre las que destacará la redacción de la que será la primera de nuestras Cartas Magnas: la Constitución de 1812. Dichas Cortes (unicamerales en aquel momento) se trasladarán en 1814 a Madrid ante el anuncio del regreso a España del rey Fernando VII (el “deseado”), fijando como lugar de reunión en la capital la iglesia del convento de la Encarnación, o como más comúnmente se le conocía, convento de doña María de Aragón.

Dicho convento, que disponía de un colegio de gran fama y reputación educativa en el Madrid de los siglos XVI y XVII, pertenecía a la orden de agustinos calzados, y había sido fundado en 1573 por doña María de Córdoba y Aragón, dama de la reina Ana de Austria (cuarta esposa de Felipe II). Aparece, como puede verse en la imagen adjunta, reflejado en el plano de Texeira de 1656, cerca del Alcazar, en lo que hoy es Plaza de la Marina Española. En el altar mayor de la iglesia de aquel convento estuvo hasta el siglo XIX un gran retablo de El Greco del que luego comentaré algún detalle. El actual edificio del Senado integra en su estructura interna los restos arquitectónicos de lo que fue aquel convento.

La Constitución de 1812 y las Cortes emanadas de ella tuvieron una vida corta, pues vuelto en 1814 el Rey de su exilio y siendo este de ideas absolutistas, procedió de inmediato a abolirla, restableciéndose sólo temporalmente durante el llamado trienio constitucional (1820-1823), pasando nuevamente a continuación a ser abolida hasta que Fernando VII falleció en 1833. En 1834, siendo regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, en el marco del denominado Estatuto Real se implantará en España el sistema político de Cortes Generales bicamerales. A imitación del parlamento inglés, con su Cámara de Lores (nobles y aristócratas) y Cámara de Comunes (electos), aquí se establece un Estamento de “Próceres” y otro de “Procuradores”, pasando a partir de 1836 a denominarse Senado o Cámara Alta a la institución que acogía a los primeros y Congreso de Diputados o Cámara Baja a los segundos. Se establece como sede para el Senado la iglesia del ya mencionado Convento de doña María Aragón, y para sede del Congreso el que fuera antiguo Convento del Espíritu Santo, en la Carrera de San Jerónimo.

El Convento del Espíritu Santo, que desde 1599 pertenecía a la congregación de Padres Clérigos Menores, había sufrido en 1823 un aparatoso y violento incendio que lo dejó destruido. Abandonado desde entonces, se valoró por su buena ubicación que sería lugar adecuado para sede de nuevo Estamento de Procuradores y fue por ello que se ordenó a tal fin habilitar la iglesia del convento. Una vez restaurada dicha instalación fue en ella donde, tal como podemos ver en la ilustración que acompaña este texto, la reina regente María Cristina, acompañada de su hija Isabel II,  juro el 18 de junio de 1837 la nueva Constitución que se instauró dicho año.
   
En los años cuarenta del siglo XIX se decidió mejorar la infraestructura parlamentaria de ambas institución. En 1840 se va a derribar la iglesia del colegio de doña María de Aragón y en su espacio se construirá un Salón de Sesiones. La adaptación, obra de Aníbal González, se vio sujeta a las dimensiones del espacio existente, por lo que se optó por poner bancos enfrentados para los senadores, al modo de la corte inglesa. El resultado fue un salón neoclásico, de forma oval, con un techo más bajo que el de la iglesia gracias a una cubierta pintada al trampantojo, que fue decorada con motivos arquitectónicos y no con motivos mitológicos, como era habitual en otros palacetes de Madrid.

El gran retablo, obra de El Greco, que como ya mencioné presidía el altar mayor de la antigua iglesia, no pudo finalmente recuperarse para el nuevo Salón de Sesiones, decidiéndose su división y reparto por diversos lugares de España. Estaba formado, según se cree, pues no existe documentación fidedigna clara, por siete pinturas originales de El Greco (seis grandes y una menor en la parte alta), además de por seis esculturas de madera, que se han perdido. El cuerpo central, estructurado en dos pisos y tres calles contenía las siguientes pinturas: En la parte inferior, se encontraba "La Anunciación", flanqueada por "La adoración de los pastores" y "El bautismo de Cristo". En la parte superior, "La crucifixión", con "La resurección de Cristo" y "Pentecostés" a ambos lados. De estas pinturas (la pequeña superior no se ha identificado), actualmente cinco se conservan en el Museo del Prado, y la otra ("La adoración de los pastores") se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Bucarest (Rumanía).

Por lo que respecta al edificio del Congreso indicaré que su reforma se iniciará en 1842 con la demolición de la iglesia. Un año después se pondría sobre su solar la primera piedra del futuro palacio del Congreso de los Diputados, proyecto y obra del arquitecto Narciso Pascual y Colomer. El nuevo edificio fue inaugurado oficialmente por la reina Isabel II el 31 de octubre de 1850 (durante los años que duraron las obras, los diputados se reunieron en el Salón de baile del Teatro Real de Madrid). En esencia es el edificio que actualmente vemos, aunque como también ocurrió con el Senado, en años posteriores se hicieron algunas importantes ampliaciones que son claramente patentes a la vista desde el mismo exterior.

Puesto que como ya dije dedicaré a Senado y Congreso entradas independientes centradas sobre todo en lo que podemos ver en una visita a su interior, aquí sólo destacaré del edificio del Congreso un aspecto de su fachada: La entrada monumental. Ese gran pórtico de seis columnas corintias soportando un frontón triangular (el bajorrelieve representa a España con la Constitución, acompañada a ambos lados por imágenes que idealizan la Fortaleza, la Justicia, el Valor, las Ciencias, la Armonía, las Bellas Artes, la Agricultura, el Comercio, los Ríos, la Abundancia y la Paz) y que se ve precedido por una amplia escalera flanqueada por dos grandes leones de bronce, sin duda los iconos más representativos del edificio.


Estos leones representan a Hipomenes y Atalanta, aquellos héroes de la mitología griega que Cibeles transformó en fieros animales del mismo sexo como castigo por su relación amorosa (los tenemos también en Madrid en la Fuente de la Cibeles), pero para la cultura popular, a esos leones se les identifica desde siempre con los nombres de Daoíz y Velarde, en honor de los dos capitanes insurrectos muertos durante el levantamiento del dos de mayo. Los leones son famosos, y resulta curioso que en torno a ellos se suscitó en 2012 una cierta polémica promovida por el Canal Historia de la televisión: ¿debería implantarse al león Daoíz (el de la derecha según los vemos de frente) una prótesis de saco escrotal?. Se destapó que por un posible error en el proceso de fundición se había omitido dicho detalle sexual en el animal al crear la figura y algunos propusieron como reparación hacerle un implante. Finalmente se aplicó cordura y se desestimó la idea.

Búnker de El Capricho

Por fin se ha anunciado que a partir del 28 de mayo 2016 será ya posible visitar, dentro del recinto de los jardines de El Capricho, el llamado “Búnker de la Posición Jaca”, nombre en clave durante la Guerra Civil española al Cuartel General del Ejército Republicano del Centro.

Las visitas se organizarán, según información leída en algunos medios, de forma guiada todos los sábados y domingos entre las 10:00 y las 11:30 horas, con una duración estimada de 30 minutos por pase y en grupos de unas 20 personas máximo. Hay que solicitar fecha y hora de visita previamente (ver información en imagen adjunta). La entrada, al menos de momento, se anuncia gratuita.

La visita a esta instalación despierta sin duda interés entre los madrileños curiosos de la historia de nuestra ciudad, expectantes por ver por fin el que es según dicen uno de los mayores búnkers que se construyeron durante la contienda española en previsión de los bombardeos que Madrid sufrió durante el asedio a la capital. Construido en 1937, este búnker está excavado a 15 metros de profundidad bajo los hermosos jardines de El Capricho y tiene una superficie de 2000 metros cuadrados, siendo posible cobijar en su interior a unas 200 personas.

¡Esperamos poder visitarlo pronto!



Las casas más estrechas de la ciudad

Aunque la casa más estrecha de España parece ser que se encuentra en Valencia (mide solo 105 centímetros de ancho y la localizamos en el número 6 de la Plaza de Vega del Barrio de Sta. Catalina), Madrid cuenta también con curiosas antiguas casas dignas de mención por su extrema estrechez, testimonio evidente de que aprovechar espacios, más allá de criterios mínimos de habitabilidad que por suerte hoy no serían aceptados, es algo que siempre se ha buscado en las grandes urbes.

En Madrid la casa que tradicionalmente ha ostentado por su significación el “privilegio” de ser la más estrecha de la ciudad está situada en la calle Mayor 61. El edificio mide sólo cinco metros de ancho y, como se indica en una placa que podemos ver en su fachada, en él vivió y murió, allá en el siglo XVII, el insigne escritor y dramaturgo Pedro Calderón de la Barca. Fue sin duda gracias a este hecho y a la decidida intervención en defensa de la conservación del edificio que en su momento hizo ante el Ayuntamiento Ramón de Mesoneros Romanos (cronista de la villa) que dicho inmueble se conserve actualmente, pues estuvo en un tris de ser demolido.

Pero la casa anteriormente mencionada no es en realidad la más estrecha de Madrid, ya que en la misma calle, en el número 57 de Mayor, encontramos otra casa que por lo leído sólo tiene tres metros y medio de fachada.

Cerca de los dos edificios anteriormente señalados, en la calle Postas número 6,  encontraremos el que, metro en mano, sí puede ser el más estrecho, pues tiene tan sólo tres metros y doce centímetros de anchura. Aloja uno de los centenarios establecimientos de artículos religiosos de Madrid -“Sobrinos de Pérez”- abierto en 1867 y que por cierto sale mencionado en la novela Fortunata y Jacinta de Don Benito Pérez Galdós. El acceso a los pisos superiores del edificio se hace mediante una escalera alojada dentro del propio comercio.

Otro edificio de los que compite con los anteriores en cuanto a estrechez de fachada lo encontramos en el barrio de Malasaña, concretamente en el número 24 de la calle San Vicente Ferrer. Aprovechado en su día como micro vivienda, daba paso por el bajo a un patio interior en el que existió una tahona. Actualmente su pasillo inferior sirve de acceso a los garajes de Palma 23 y los espacios superiores, en los que no vive nadie, son utilizados como trasteros.


Las anteriores estrechas edificaciones y otras similares hoy ya desaparecidas, como la conocida Casa de las Cinco Tejas (así llamada porque en su tejado sólo cabían cinco únicas tejas) situada en la calle de Santa Ana y demolida en 1851, o la Casa del Ataúd que podemos ver en la foto de la derecha (conocida popularmente así por su forma, estuvo en la esquina de la calle de Alcalá con Caballero de Gracia, donde ahora está el edificio Metrópolis, y fue una de las primeras demolidas para la construcción de la Gran Vía) mantenían por lo general una característica común de aprovechamiento habitacional. A menudo la planta baja alojaba un comercio, la primera planta una habitación y las dos plantas siguientes una cocina y un baño, respectivamente. En la fachada exterior sólo hay lugar para un pequeño balcón por planta.

Hoy, por suerte, estas edificaciones, frecuentes antaño, han quedado como curiosas rarezas para contemplación de paseantes.

Acueducto de La Partida

Paseando hoy por la Casa de Campo he podido comprobar gratamente que ya ha finalizado la restauración del acueducto de La Partida y que se estaba trabajando en adecentar con losas de piedra el suelo en torno a la fuentes de tiempos de La República, como la que hay junto a este o la que encontramos justo al otro lado de la carretera que baja del embarcadero. Se trata de elementos arquitectónicos sencillos, pero con interés histórico que merece la pena conservar. Esperemos que la gente sepa valorarlos y mantenerlos adecuadamente en buen estado, a ser posible fuera de feas pintadas e incomprensibles acciones de absurdo vandalismo.

El acueducto de La Partida fue construido en el siglo XVIII y es obra de Francisco Sabatini, el afamado arquitecto real de Carlos III. La construcción forma parte del llamado Canal de la Partida, que desde el estanque grande derivaba parte del agua, que este recibía del Meaques, a fin de abastecer los jardines del Palacete de Iván de Vargas (construcción que está igualmente siendo restaurada actualmente) y el regadío de la huerta de la Partida, situada frente a este.

La huerta de la Partida, cuyos orígenes se remontan al siglo XVI, eran tierras de cultivo próximas a la hacienda que la poderosa familia de los Vargas poseía a las afueras de Madrid, en la otra margen del río Manzanares, y que mediante su producción de frutas y hortalizas les garantizaban el abastecimiento de dichos alimentos. Cuando el rey Felipe II adquiere posteriormente la finca de los Vargas y varios de los terrenos colindantes para crear un amplio espacio recreativo y cinegético vinculado a la Corona, la zona de huerta se mantiene, y seguirá siendo igualmente zona de cultivo productivo con los monarcas posteriores, incluso cuando el real sitio va a perder con el tiempo para estos interés como lugar de esparcimiento.

Durante la Segunda República la huerta de la Partida se cedió al Comité de Plantas Medicinales, organismo dependiente del Ministerio de Agricultura que en línea con su función decidió sustituir los hasta entonces cultivos alimenticios por plantas de finalidad terapéutica.

Con el estallido de la Guerra Civil la huerta, situada en pleno frente de batalla, dejó de funcionar y pronto quedó en el olvido.

Fue en el año 2007, tras el soterramiento de parte de la M-30 y la puesta en valor con el Parque Madrid Río de todo el área aneja al Manzanares , cuando el Ayuntamiento de Madrid procedió a la recreación del antiguo enclave de la huerta de la Partida con la plantación de árboles frutales y olivos, acondicionando al tiempo los terrenos como parque y creando incluso un pequeño pero interesante mirador desde el que se contempla buena parte de la cornisa de la ciudad.

 Desde el acueducto, cuya restauración ha implicado no sólo labores de limpieza de grafitis y restitución de ladrillos perdidos, sino también la reparación de filtraciones que amenazaban con futuros derrumbes y la eliminación de algunas anteriores malas restauraciones, podemos imaginar facilmente el trazado del canal, pues en pequeños tramos son visibles en el terreno restos de la antigua canalización.



Exposición: Cleopatra y la fascinación de Egipto

Cleopatra es una de esas figuras de la historia que en la memoria popular ha traspasado el ámbito de la mera realidad para convertirse en mito. De ella casi todos sabríamos decir que fue reina de Egipto y que con sus encantos enamoró a hombres tan poderosos en su época como Julio Cesar y Marco Antonio. ¡Bueno, y quizás también que debió tener una hermosa nariz! (característica estética que Asterix, el pequeño gran héroe galo del comic, se encargó con cierta insistencia de recalcarnos gratamente).

La exposición que el Centro Arte Canal nos ofrece sobre la figura de Cleopatra es una buena oportunidad para profundizar en la historia del personaje y en la de su época, sin olvidar también la repercusión que su figura ha tenido en el mundo del arte a lo largo de los siglos que han trascurrido después. La muestra, cuyo recorrido se estructura en siete ámbitos expositivos, cuenta con más de 400 piezas arqueológicas procedentes de un gran número de museos y colecciones españolas e internacionales. Varias proyecciones, así como la cartelería informativa que encontramos a lo largo del recorrido, nos ayudan a imbuirnos en la historia. No obstante, voy aquí seguidamente a recordarla (verás que tiene mucho de culebrón cinematográfico):

Cleopatra, cuyo nombre significa “gloria de su padre”, nació durante el invierno del 69 al 68 a.C. en la ciudad de Alejandría, por aquel entonces capital de Egipto. Fue la última de las reinas de la dinastía ptolemaica, que gobernó el país durante el período helenístico que va desde la muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C. hasta que el Imperio Romano se anexionó Egipto y lo convirtió en una más de sus provincias, hecho que sucedió en el año 30 a.C. con la muerte de Cleopatra y de su hijo Cesarión (Ptolomeo XV).

La dinastía ptolemaica se había instaurado en Egipto con Ptolomeo I Sóter, general de Alejandro Magno que, a la muerte de este, se adjudicó estas tierras en el reparto que los generales hicieron del vasto imperio que habían conquistado las tropas helenas. Se hizo nombrar faraón y fijó la capital en Alejandría, ciudad que por su estratégica situación junto al Mediterráneo y en Nilo se convertiría pronto en un importantísimo puerto comercial, así como en un destacado centro de desarrollo artístico y cultural (allí se construyó la famosa biblioteca de Alejandría, el mayor depósito documental del saber de la época, y también allí se erigió el gran Faro que pasaría a la posteridad como una de las siete maravillas del mundo antiguo). Los diversos regentes Ptolomeos, aunque respetuosos con los cultos egipcios, conservaron durante sus sucesivos reinados la cultura y el idioma griego, siendo únicamente nuestra protagonista, Cleopatra VII (su nombre completo era Cleopatra Filopátor Nea Thea), la que se identificó más estrechamente con su pueblo y habló el idioma egipcio (se cuenta que llegó a dominar hasta 7 u 8 idiomas y que eso fue, más allá de la supuesta belleza física, lo que junto con su amplia cultura y dotes de anfitriona le granjearon la admiración de buena parte de sus interlocutores).

Cleopatra ascendió al trono de Egipto a los 18 años de edad y lo hizo junto a su hermano Ptolomeo XIII, que contaba entonces 10 años. Su padre Ptolomeo XII dejó dicho en su testamento que ambos deberían casarse entre sí para perpetuar el linaje, cosa que no estaba mal vista en la cultura egipcia. Pero finalmente el matrimonio no llegó a materializarse, surgiendo disputas de poder entre los hermanos que obligaron a Cleopatra, en el tercer año de su reinado, a exiliarse a Siria. Fue estando ella allí cuando va a entrar en nuestra historia Julio Cesar.


Resulta que luchas internas por el poder también en el seno de la República Romana habían llevado a los líderes del llamado Primer Triunvirato a enfrascarse en una cruenta guerra civil, que terminó en el año 48 a.C. con la victoria de Julio Cesar sobre Pompeyo. Este último huyó a Egipto en busca del apoyo y ayuda de Ptolomeo XIII, pero el egipcio decidió traicionarlo y, en un gesto que pretendió granjearse la simpatía de Julio Cesar, le asesina y corta su cabeza, enviándosela  como presente a este, cosa que sin embargo no gustó a César, pues pese a ser su contrincante, Cesar sentía aprecio por su yerno Pompeyo. Cleopatra, mujer astuta, ve en aquel acto fallido de su enemigo hermano una oportunidad de ganarse para sí un fuerte aliado y decide llegar hasta César urdiendo una treta para saltarse a su guardia: Cuentan que estando él en el palacio real le es entregada una alfombra regalo de la exiliada reina y que al desenrollarla, se encontró con ella misma dentro. Por lo visto César quedó prendado de Cleopatra en aquel mismo instante y ella, claro, se dejó querer, pues sabía que si enamoraba a César no tendría que temer una invasión por parte de los romanos. ¡ Menudo guion de folletín, verdad! El caso es que el plan le salió bien. Su hermano fue derrotado por los romanos y murió, siendo ella proclamada reina absoluta de Egipto, aunque eso sí, por indicación de su ahora amante, se volvió a casar según el rito egipcio nuevamente con otro de sus hermanos, esta vez con el menor de ellos, Ptolomeo XIV, de tan solo 12 años.

Del idilio que durante varios meses vivieron en Egipto Cleopatra y Cesar nació un hijo al que llamaron Ptolomeo XV César, o más popularmente Cesarión (pequeño César). Julio Cesar volvió a Roma y cuando fue proclamado Emperador reclamo a Cleopatra y a Cesarión a su lado, acción que por lo que se ve no fue del agrado de muchos romanos, pues Cesar estaba casado con Calpurnia y la bigamia, al menos oficialmente, no estaba bien vista en Roma. Pese a todo Cleopatra permaneció en la ciudad durante cerca de dos años y lo hizo rodeada de un lujo exuberante que no hizo más que incrementar envidias y rencores. El 15 de marzo del 44 a.C. César es asesinado a la salida del edificio del senado en Roma y un nuevo triunvirato, del que formarán parte Octavio (hijo adoptivo de César) y Marco Antonio asumirá al poco el poder. Cleopatra, sin la protección de Julio Cesar sentirá en gran peligro su vida y la de su hijo estando en Roma y decide volver a Alejandría.

Tras su regreso a Egipto Cleopatra, temiendo que su hermano y marido Ptolomeo XIV, que ya contaba con 15 años de edad, quisiera acaparar más poder del que ella estaba dispuesta a otorgarle, lo envenena y establece a Cesarión como su corregente a la edad de cuatro años. Ambición desde luego no se le puede negar a la buena señora.

En el año 41 a.C. nuevamente los intereses de Roma y Alejandría van a cruzarse estrechamente, ahora con Marco Antonio de coprotagonista. Como miembro del 2º Triunvirato y velando por los intereses del Imperio, Marco Antonio cita a Cleopatra a un encuentro de regentes en Tarsos (ciudad de la actual Turquía). Ella, como hizo con Cesar en su momento, se propondrá impresionarle. Lo hace presentándose a la cita sobre un lujosísimo navío con los remos de plata, las velas púrpuras, rodeada de todo el lujo y vestida ella misma al modo de Afrodita, la diosa del amor. La reunión duró cuatro días enteros, y durante ésta se convirtieron en amantes.

La historia de amor y poder que vivieron Cleopatra y Marco Antonio fue larga y profunda, hasta el punto que este fue paulatinamente sintiéndose más co-monarca de Egipto que fiel ciudadano de Roma (llegó a trasladarse definitivamente a vivir a Alejandría y a casarse oficialmente con Cleopatra pese a estar casado con Octavia). Finalmente el distanciamiento se materializa en que en el año 32 a.C. Roma, a través de Octavio, va a entra en guerra con Cleopatra y Marco Antonio, lucha que finalmente el ejercito de estos últimos perdería, abligándo a nuestros protagonistas a refugiarse en Alejandría, en donde ante el temor de ser apresados, ambos van a optar por suicidarse. Marco Antonio lo hará matándose con su propia espada al creer que Cleopatra ya ha muerto y Cleopatra, al conocer la muerte de Marco Antonio, se hará morder por un áspid (cobra egipcia). No es seguro del todo que la historia de la serpiente sea cierta, pero indudablemente tiene más fuerza teatral que la del mero envenenamiento. ¿Qué tiene este final que envidiar al de Romeo y Julieta?

Lugar: Centro Arte Canal (Pº de la Castellana, 214)
Fechas: Hasta el 8 de mayo de 2016
Horario: lunes a domingo de 10 a 21 h.
Precio: Entrada general 7 €


Exposición: Chagall divino y humano

Marc Chagall, maestro del surrealismo, está sin duda reconocido mundialmente como uno de los grandes artistas del siglo XX. Su peculiar estilo presenta influencias del expresionismo ruso que conoció en su juventud y del cubismo que vio desarrollarse en su etapa francesa, pero supo crear su propia identidad, destacándose especialmente por el singular uso que hace del color y por la carga lírica que logra en sus composiciones, con detalles simbólicos no siempre fáciles de entender para el mero observador ocasional de sus obras. Como artista Chagall llevó a cabo una enormemente amplia y variada producción artística, abarcando tanto la pintura en lienzo, como la mural (decoró, por ejemplo, uno de los techos de la Ópera de París, y es también el autor de los dos grandes murales que cuelgan en el vestíbulo del Metropolitan Opera House de Nueva York), grabados para impresión, ceramismo, escultura, etc.

La exposición que actualmente nos muestra la Fundación Canal bajo el título de “Chagall divino y humano” se centra en la faceta gráfica de este artista, una de las que más desarrolló, pues llegó a crear más de mil litografías. En concreto la muestra nos trae un centenar de obras sobre papel creadas por Chagall desde finales de los años cuarenta del pasado siglo hasta mediados de los ochenta y que pertenecen a la colección de litografías, xilografías y aguafuertes del Kunstmuseum Pablo Picasso Münster (Alemania).

Los conceptos divino y humano a los que hace referencia la exposición se hacen realmente patentes en la obra de Chagall que aquí vemos. Así, en composiciones de temática mundana introduce símbolos de alusión y representación religiosa, y al revés, cuando trata directamente el tema de la religión, como en las ilustraciones que por encargó del editor francés Vollard hizo para la Biblia y que constituyen, en palabras del mismo artista su obra maestra en el campo de la gráfica, sus composiciones huyen de la interpretación dogmática para buscar el aspecto más terrenal y humano de los personajes representados.

Religión y visión mundana de la realidad son características de su arte que se entienden mejor al conocer la azarosa vida que llevó: Nació en 1887 en la ciudad rusa de Vitebsk (hoy Bielorrusia). De familia judía, fue educado dentro de la corriente jasidista, que defiende una interpretación ortodoxa y mística del judaísmo. En 1907 se traslada a San Petersburgo y es allí donde recibe formación artística y donde empieza a relacionarse con el mundo del arte. En 1910 marcha a París con el fin de reunirse con el grupo de artistas rusos que residían en Montparnasse. Era el momento del éxito del cubismo y se sintió fuertemente atraído por artistas como Picasso. Tras permanecer cuatro años en la capital francesa regresa a su añorada Vítebsk y allí se casará y pasará toda la Primera Guerra Mundial. Convertido en un activo participante durante la Revolución rusa de 1917 se le nombra Comisario de Arte para la región de Vítebsk, donde fundará la Escuela de Arte de Vítebsk en 1919. No obstante, permaneció poco en el puesto, pues la burocracia asociada a su posición no le atraía, y en 1920 es trasladado a Moscú. Las condiciones de hambruna y carencia generalizada que padece Rusia tras la guerra, le llevan en 1923 a decidir trasladarse con su familia a París y allí vive hasta que se ve forzado a exiliarse nuevamente, ahora a consecuencia de la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial y la deportación que estos hacen de los judíos a los campos de exterminio nazis. Es ayudado a huir a través de España y Portugal, instalándose finalmente hacia 1941 en Estados Unidos, donde permanece hasta el final de la 2ª Guerra Mundial. En 1948 regresa a Francia y allí se instalará ya definitivamente. Su país de adopción le reconocerá como artista destacado, llegándole a distinguir en 1977 con la máxima de sus condecoraciones, la Legión de Honor. Finalmente Chagall murió a la edad de 97 años y está enterrado en el pueblo de Saint-Paul de Vence, cerca de Niza.



Exposición: Chagall divino y humano
Lugar: Fundación Canal (c/ Mateo Inurria, 2)
Fechas: Hasta el 10 de abril
Horario: Laborables y festivos de 11 a 20 h. Miércoles de 11 a 15 horas
Entrada gratuita