Exposición temporal: Alberto García-Alix. Un horizonte falso



"Un horizonte falso", título de la exposición que hasta el 10 de abril puede verse en el espacio La Principal del edificio Tabacalera, es una muestra de algo más de 80 fotografías de Alberto García-Alix, en la que este artista nos muestra una realidad que ha sido intencionadamente transformada por él mediante el uso de planos distorsionantes de cámara, escalas desnaturalizadas, velados y contravelados, obteniendo como resultado nuevas realidades cargadas de simbolismo y en ocasiones de una cierta angustiosa abstracción onírica.

Alberto García-Alix es un reconocido fotógrafo nacido en 1956 y que aunque de origen leonés desarrollo buena parte de su trabajo en Madrid. Su fama dentro de nuestro país se fue consolidando en muy estrecha relación con el movimiento artístico que se aglutinó en torno a la Movida madrileña, de la este artista fue uno de sus impulsores y fotógrafo de referencia. Junto a otros artistas como Ceesepe, El Hortelano y Agust fundo el colectivo "Cascorro Factory" que supuso, con sus publicaciones de comic y revistas de carácter underground, una de las primeras ideas transgresoras de aquella incipiente movida y que permitió la apertura poco a poco a nuevos enfoques y disciplinas gráficas.

Durante los años ochenta Alberto García-Alix se hizo célebre por retratar tanto a los artistas de la España del momento como a personajes en buena medida marginales. Su carrera como fotógrafo de referencia fue creciendo fuera y dentro de nuestro país, concediéndosele aquí por ejemplo el premio Nacional de Fotografía en 1999 y el de la Comunidad de Madrid en 2005.

Sus trabajos se enmarcan en el área del blanco y negro y el campo del documento social y personal, siendo el mundo de las motos, de la noche y de los retratos sus más frecuentes temas de inspiración. Fiel a la fotografía analógica, ha incorporado también a su arte el vídeo como soporte documental para acompañar sus imágenes con su voz y sus propios textos. Así, en la exposición que nos ocupa podemos ver junto a las fotografías un vídeo que, en palabras de Nicolás Combarro, comisario de la exposición, es el leitmotiv de toda esta muestra, sumergiéndonos mediante la narración en primera persona del artista, en una serie de microrrelatos que nos trasladan a "San Carlos", una ciudad de luces y sombras; "el jardín perdido" y sus alegorías orgánicas; los "olvidados y mártires", retrato de una generación de supervivientes y caídos; o a "Rocinante", la motocicleta vista como una montura abstracta de velocidad y desequilibrio.


Lugar: La Principal. Tabacalera (c/ Embajadores 51)
Fechas: del 11 de febrero al 10 de abril de 2016
Horario: De 12 a 20 h. (lunes cerrado)
Entrada libre

Exposición temporal: Joan Fontcuberta. Imago, ergo sum



Ingenio, dominio de la comunicación audiovisual e intencionalidad de manipulación para mostrarnos realidades que quizás pudieran ser ciertas pero que no son, constituyen características presentes en buena parte de la obra del gran fotógrafo Joan Fontcuberta, y que ahora nos es posible constatar en la exposición recopilatoria de algunos de sus grandes trabajos que bajo el título de “Imago, ergo sum” podemos disfrutar en la sala Canal de Isabel II.

Joan Fontcuberta (Barcelona 1955) está considerado uno de los fotógrafos actuales más relevantes a nivel europeo y una de las voces más reconocidas y respetadas en el panorama internacional. Artista, docente, ensayista, crítico y promotor de arte español especializado en fotografía, ha recibido numerosos premios dentro y fuera de España: En 1988 recibe el premio David Octavious Hill por la Fotografisches Akademie GDL de Alemania, en 1994 el Ministerio de Cultura en Francia le otorga el Chevalier de l'Ordre des Arts et des Lettres, el Ministerio de Cultura de España le da en 1998 el Premio Nacional de Fotografía y el Premio Nacional de Ensayo en 2011. Así mismo, en 2013 va a convertirse en el primer español que consigue el Premio Hasselblad como reconocimiento al conjunto de su actividad fotográfica, uno de los galardones más prestigiosos en el mundo de la fotografía, que también han recibido autores como Cartier-Bresson o Richard Avedon, Josef Koudelka o Robert Frank.

La muestra “Imago, ergo sum” nos permite comprobar la originalidad de Joan Fontcuberta, pues como he dicho recoge una amplia selección de varios de sus proyectos más relevantes desarrollados entre 1984 y 2014: Milagros & Co, Herbarium, Sputnik, o Trepat entre otros.  Proyectos que se desarrollan a través de diferentes soportes (fotografías, libros, objetos y audiovisuales) y en los que se respeta la máxima defendida por el autor de que la obra de un artista debe tener en cuenta no sólo el contenido sino también el continente donde su obra va a ser visualizada: Un mural, un libro, una proyección, etc.

Las publicaciones  de Joan Fontcuberta, la mayoría de ellas con ediciones agotadas hace tiempo e imposibles ya de conseguir, están lejos de ser típicas publicaciones recopilatorias de fotografías de un autor en torno a un tema central. Las suyas son auténticas historias noveladas, narraciones creíbles cuya verosimilitud se ve respaldada por el cuidado apoyo documental de las imágenes que acompañan a los textos. Bueno, en realidad son los textos los que acompañan a las imágenes, pues estas son las que dan verdadera fuerza a la narración. Historias curiosas que en realidad son falsas historias, pequeñas y grandes gamberradas audiovisuales que siembran de dudas al espectador. ¿Qué es verdad y qué es mentira?

A Joan Fontcuberta le gusta decir, y comparto su reflexión, que en realidad la verdad no existe, existen puntos de vista. Él, gracias al gran dominio de la técnica logra dar visos de credibilidad a su mensaje, buscando con sus imágenes estimular el pensamiento y el espíritu crítico del espectador. De ahí el sentido del título de la exposición.



Quinta del Duque del Arco

Aunque en un anterior post de este blog ya hice referencia a la Quinta del Duque del Arco como uno de los sitios a los que encaminar nuestro paseo si estamos por la zona del Monte del Pardo, hoy voy a referirme nuevamente a este conjunto monumental con algo más de detalle, volviendo con ello a animar a todo aquel madrileño que aún no lo conozca a que lo visite, y si ya se conoce, a volver a recorrerlo en agradable paseo al aire libre un día en que el tiempo acompañe.

El conjunto de la Quinta del Duque del Arco, o de la Quinta del Pardo que es como más comúnmente se conoce, se encuentra situado sobre una pequeña colina al sureste del monte de El Pardo, a mano derecha del camino, hoy carretera, que desde Madrid nos conduce al Real Sitio. El nombre de “quinta” ya nos orienta sobre lo que nos vamos a encontrar: Una finca de recreo. Efectivamente eso es lo que este lugar era, una de aquellas casas de campo a las afueras de la ciudad que los grandes aristócratas de los siglos XVII y XVIII se mandaron construir para disfrutar de cierto aislamiento, descanso y diversión.

El Duque del Arco, don Alonso Manrique de Lara Silva y Ribera, fue un noble muy bien considerado en la Corte de Felipe V. Ejerció entre otros cargos los de Montero Mayor del rey y Alcaide del Pardo, destacándose además en su biografía que a raíz de haber salvado en un par de ocasiones la vida de los reyes durante las sesiones de montería que frecuentemente se organizaban en los montes de El Pardo, estos le tenían en gran estima y le consideraban un leal amigo. Tras la muerte del Duque en 1737, su viuda cedió la Quinta al rey Felipe V, quien la incorporó al Real Sitio de El Pardo en 1745.

La finca tuvo su origen en otra anterior que aquí existía y que era conocida como Quinta de Valrodrigo. El Duque había adquirido esta en 1717 y procedió a su transformación, encargando la construcción de un Palacete y unos jardines al nuevo gusto francés que con la llegada de los borbones a la corona de España se empezaba a poner de moda entre las clases pudientes de nuestro país.

Para disfrutar tranquilamente de la visita a la Quinta te propongo que en el caso de llegar hasta allí en coche, en lugar de subir con él hasta los aledaños del palacio dejes este a la entrada, en las proximidades del restaurante que hay cerca del arco de acceso. A pie y si el día acompaña saborearás mejor el entorno que ante ti se muestra.

El jardín, la parte sin duda más sorprendente de la finca, es lo primero con lo que nos encontramos. Diseñado por el francés Glaude Truchet hacia 1726 responde al estilo francés que podía admirar ya en los hermosos jardines de La Granja de San Ildefonso, aunque mostrando algunos toques más tipicamente españoles e italianos.

Adaptándose al desnivel del terreno, el jardín de la Quinta se articula como podemos ver en diferentes terrazas ascendentes. En un primer nivel, el más bajo, encontramos una amplia extensión reticulada geométricamente con setos de bog y en la que vemos también una gran fuente con surtidor. El lugar antiguamente contaba también con naranjos en cajones distribuidos por el jardín al modo de las orangeries francesas, lo que permitía retirar estos en invierno a lugar resguardado y protegerlos así del frío. En el segundo nivel se encuentra la Cascada con sus conchas, flanqueada de pequeños nichos con estatuas. En esta zona había también diez estatuas de cuerpo entero, cuadros de boj, platabandas dobles y dos fuentes. Todos los muros estaban cubiertos por laureles y jazmines en espaldera y llenos de tiestos de flores, especialmente claveles y rosales. El tercer nivel nos ofrece, con su baranda mirador, una amplia vista de los jardines inferiores, al tiempo que nos presenta también un área de estructura geometrizada con cuadros de boj y círculos de césped. También hay una fuente. En el cuarto y último nivel, el más alto de todos, encontramos un gran estanque protegido en semicírculo por un muro de contención adornado con diversas hornacinas en las que había estatuas y en cuya parte central del mismo se abre una gruta que, en su fondo, tenía una fuente con un delfín de plomo dorado. El agua que embalsa este estanque era utilizada para el riego de todo el jardín.


En el eje principal que recorre longitudinalmente las cuatro terrazas, vemos actualmente varias secuoias gigantes que, aunque resultan espectaculares por su enormidad, rompen en buena medida el diseño visual original del jardín. Fueron plantadas bastantes años después, durante el reinado de Amadeo de Saboya.

El Palacio de la Quinta se sitúa a un costado del jardín, dejando claro que el protagonismo del recinto debe darse a aquel y no a este. Se trata de una casa de no muy grandes dimensiones y cuya fachada se inspira claramente en el estilo del Palacio de la Zarzuela. El interior no es visitable.

Junto al Palacio y en lo que debió ser zona de servicio, actualmente encontramos un colegio público perteneciente a la Comunidad de Madrid. ¡Estupendo sin duda para los alumnos que allí cursan, aunque de dudosa idoneidad en el ámbito de la pura conservación (al menos de la visual) del patrimonio histórico de este lugar!

Si avanzando en nuestro recorrido a través de la finca nos encontraremos seguidamente con un gran olivar. Debemos saber que generalmente este tipo de quintas disponía, adicionalmente a la zona representativa de la vivienda principal y los jardines, de otra aledaña dedicada a labores de explotación agrícola. Es la que en la Quinta del Pardo se corresponde con el mencionado olivar y que antaño contaba también con viñedos, árboles frutales y huertos. Disfruta un rato paseando tranquilamente entre los numerosos olivos y, cuando ya pienses en volver hacia la salida, aunque te lleve algo más de tiempo, toma alguno de los pequeños senderos que van bordeando el muro internamente y que sin pérdida nos conducirán nuevamente hasta el arco de entrada. Es más largo, pero seguro que te merecerá la pena.

Ya para finalizar, comentarte que la Quinta de El Pardo tiene la declaración de Monumento Nacional desde 1935 y que la historia que guarda entre sus muros no se limita lógicamente a su etapa de esplendor durante el reinado de Felipe V. Has de saber, por ejemplo, que en este lugar residió el presidente de la República Manuel Azaña y es allí donde el 18 de julio de 1936 le sorprendió el golpe de Estado.

Exposición temporal: Bicentenario de la Real Orden de Isabel la Católica


Hasta el 28 de febrero puede visitarse en el Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, una exposición que bajo el título de “A la Lealtad Acrisolada”, homenajea en el bicentenario de su creación a la Real Orden de Isabel la Católica, la más difundida y prestigiosa de las actuales condecoraciones españolas.

La exposición, para la que se ha acondicionado el patio interior del Palacio, nos muestra la historia de esta condecoración a través de imágenes, cronogramas y una variada selección de piezas, entre las que hay medallas, objetos ceremoniales, retratos, documentos, diplomas, etcétera.

Tal como se nos cuenta en la muestra, el rango de honores y premios otorgados históricamente por el Reino de España se iniciaba con la Grandeza de España y los Títulos del Reino, continuándose por los collares del Toisón de Oro, los hábitos de las Órdenes Militares, las Medallas de la Real Efigie (c.1630), y las cruces de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III (1771). A estas se sumaron en el tiempo de la guerra contra los franceses otras dos nuevas, las de las Reales y Militares Órdenes de San Fernando (1811) y de San Hermenegildo (1814). Al poco de regresar a España “el deseado” rey Fernando VII y ante el aumento de los aires de independencia que se extendían por las colonias americanas, dicho monarca creará en 1815 la Real y Americana Orden de Isabel la Católica, una institución cuyo objetivo será premiar a los españoles –peninsulares y americanos- que destacasen en la defensa de la soberanía del Rey en Ultramar. Existían tres niveles de distinción dentro de ella: Grandes Cruces, Caballeros y Comendadores.

Tras la muerte en 1833 de Fernando VII y perdidas ya buena parte de las posesiones americanas, la Orden de Isabel la Católica se transformó pronto en un premio de carácter generalizadamente civil, aunque conservando su vocación de ultramar (en la península su equivalente era la Orden de Carlos III) y su tradición caballeresca. Será a partir de 1868 cuando pierda ya dicho carácter y se transforme en una verdadera condecoración de Estado, consolidándose a partir de ese momento y hasta hoy como la condecoración civil más utilizada, así como el más difundido instrumento de premio utilizado por España en el ámbito de las relaciones internacionales.

La insignia identificativa de esta condecoración, que digamos iba en su origen acompañada de rentas y honores para sus poseedores, es la conocida como  Cruz de Isabel la Católica. Está formada esta por cuatro brazos iguales, esmaltados en color rojo conforme al pabellón español, y entre ellos se entremezclan rayos dorados. En el centro de la cruz un escudo circular en el que se ven esmaltadas dos columnas y dos globos terraqueos, representativos del viejo y nuevo mundo, enlazados con una cinta y cubiertos con una corona imperial. Alrededor del escudo, sobre campo blanco dentro de una corona de hojas de olivo, se lee en letras de oro la leyenda: A la lealtad acrisolada.

La Orden de Isabel la Católica consta actualmente de los siguientes grados: Collar, Gran Cruz, Encomienda de Número, Encomienda, Cruz de Oficial, Cruz, Cruz de Plata, Medalla de Plata, Medalla de Bronce. En el caso exclusivo de personas jurídicas se puede conceder además la Corbata o la Placa de Honor.

El Rey ejerce el cargo de Gran Maestre de la Orden, y el Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, como Gran Canciller de la misma, es quien eleva al Consejo de Ministros las propuestas de concesión de los grados superiores de la Orden, que se otorgan por Real Decreto.

Destacadas figuras de la política, la cultura, la ciencia, las bellas artes y el deporte, así como numerosos jefes de Estado y de Gobierno extranjeros ostentan la Orden, en sus variados grados, como reconocimiento a su labor al servicio de España.

En 2016, a fecha de publicación de este post, no tengo constancia de que se haya concedido aún ningún collar de Isabel la Católica (el máximo galardón de la Orden), aúnque sí diversas Grandes Cruces y medallas. En 2015 el collar se concedió a cuatro personalidades: Matthew Festing (Príncipe y Gran Maestre de la Soberana Orden de Malta), Ollanta Moisés Humala Tasso (Presidente de la República del Perú), François Hollande (Presidente de la República Francesa), y Juan Manuel Santos Calderón (Presidente de la República de Colombia).



Exposición: A la Lealtad Acrisolada. Bicentenario Real Orden de Isabel la Católica
Lugar: Palacio de Santa Cruz (Pza. de la Provincia, 1)
Fecha. Hasta el 28 de febrero de 2016
Horario: Laborables de 10 a 14 y de 17 a 19 h. Sábados y domingos de 10 a 14 h.
Entrada gratuita.

Palacio de Fernán Núñez

En el nº 44 de la calle de Santa Isabel, junto al antiguo Convento que da nombre a dicha calle, se ubica un interesante edificio decimonónico que, si bien externamente no llama quizás especialmente la atención pese a reunir todos los elementos característicos del aristocrático estilo arquitectónico palaciego de la época isabelina, mantiene oculto al simple paseante callejero buenas muestras del lujo que ostentó en su etapa de esplendor. Me estoy refiriendo al Palacio de Fernán Núñez.

El origen de este palacio se fecha hacia el año 1790, cuando el XIII Duque de Alburquerque, un aristócrata, diplomático y destacado militar que jugó un relevante papel en la Guerra de la Independencia Española, decide transformar, para convertirla en su residencia madrileña, una gran casa que había adquirido en este lugar, dotándola del empaque señorial tipo palaciego que correspondía a un Grande de España como él. Encarga los trabajos al afamado arquitecto Antonio López Aguado, discípulo de Juan de Villanueva, y que ha legado a nuestra ciudad buenos ejemplos de su hacer: La Puerta de Toledo, El proyecto del Teatro Real (aunque finalmente se vería este modificado en parte), el Casino de la Reina, el Palacio del duque de Villahermosa (sede actual del Museo Thyssen-Bornemisza), o el diseño del Parque del Capricho.

Antonio López Aguado va a construir un palacio de fachada sobria, buscando la simetría y el equilibrio característicos del estilo neoclásico. El edificio, cuyas dimensiones eran menores que las actuales pues como veremos fue posteriormente ampliado, tiene tres plantas y sótano. Dos grandes puertas casi contiguas, aptas para el acceso en su momento de los carruajes, dan paso al interior del edificio, en el que se encuentra un gran hall o zaguán seguido de un patio. En la planta baja se situaba la llamada zona de recibo (donde los anfitriones esperaban a sus invitados), así con los jardines interiores y las habitaciones particulares de verano. La primera planta era el piso noble y en ella estaban las habitaciones de los duques, el salón de baile y diversos salones para las visitas. En el piso superior se encontraban las estancias de los criados.

La segunda y gran remodelación del palacio llegó a mediados del siglo XIX cuando los por entonces propietarios, el VII Conde de Cervellón y su mujer la II Duquesa de Fernán Nuñez, deciden ampliar el edificio y enriquecer su ornamentación interior, convirtiéndolo en el que sería a partir de ese momento uno de los palacios más hermosos de Madrid. Encargan el trabajo a Martín López Aguado, hijo del anterior arquitecto y que habiendo seguido los pasos profesionales de su padre contaba con una alta consideración profesional dentro de la aristocracia madrileña, ya que mostraba habilidad para conjugar el clasicismo arquitectónico heredado de su padre con la nueva moda romántica que inundaba por entonces los interiores de las remozadas mansiones señoriales. Las obras del Palacio se desarrollarán entre 1847 y 1849, dando como resultado el edificio que actualmente encontramos y que se organiza alrededor de tres patios interiores, disponiéndose la zona noble en torno a la fachada principal, que se ve ya ampliada hasta la misma linde del Convento.

Las salas de la primera planta, las correspondientes a la zona noble, son las que se pueden recorrer actualmente en visita guiada organizada, quedando el resto del edificio para uso interno de la Fundación de Ferrocarriles Españoles (Adif y Renfe son las actuales propietarias del edificio). Las mencionadas salas, sin duda las más vistosas del palacio, se encuentran en general bastante bien conservadas, aunque algunas grietas y pequeños desperfectos sugieren la necesidad de continuar haciendo acciones de restauración y mantenimiento. No obstante, es indudable que varias de las salas continúan siendo especialmente espectaculares: El comedor de gala, con su gran mesa de nogal adquirida directamente en la Exposición Universal de París de 1867; el salón isabelino, que cuentan era el preferido de la reina Isabel II en sus frecuentes visitas a este palacio; y por supuesto el gran salón de baile, una amplia estancia con cierto aire al Salón de Espejos del Palacio de Versalles. Salas todas estas y también las del resto de la planta noble con paredes enteladas, techos hermosamente decorados con estuco imitación madera, alfombras y tapices de la Real Fábrica de Santa Bárbara, lámparas de Baccarat y cristal de Murano, chimeneas de mármol de Carrara, relojes de pedigrí, ... Ambientes en definitiva de una época de esplendor aristocrático allí vivido y que ahora se aprovecha, más allá de para las visitas de grupos, para la realización ocasional de eventos especiales, e incluso para servir de escenario cinematográfico, pues allí se han rodado escenas de películas como “¿Dónde vas Alfonso XVII?” (Luis Cesar Amadori), “Volavérunt” (Bigas Luna), "El oro de Moscú" (Jesús Bonilla) o “Sangre de Mayo (José Luis Garci), y series de televisión como “La Regenta” o “La Duquesa de Alba”.

El máximo esplendor del Palacio se vivió sin duda con la  III Duquesa de Fernán Núñez, la dama más representativa de la aristocracia madrileña del siglo XIX y anfitriona de las fiestas más elegantes del Madrid isabelino.

Ya en el siglo XX, durante el transcurso de la Guerra Civil el palacio fue incautado y custodiado por las Juventudes Socialistas Unificadas. Durante esta etapa convulsa de nuestra historia el palacio sufriría un cierto deterioro, perdiéndose algunos elementos significativos de su decoración. Finalizada la guerra, el palacio es comprado en 1940 por Carlos Botín Polanco, director de la Compañía Nacional de los Ferrocarriles del Oeste de España y Red de Andaluces, a la viuda del V Duque de Fernán Núñez. Al año siguiente, el Gobierno decretó la nacionalización de las líneas férreas españolas y la creación de Renfe, empresa que convirtió el palacio en la sede de su Consejo de Administración y encargó su remodelación para adaptarlo a su nuevo uso. Una de las reformas, realizada en 1967, tuvo como fin habilitar un espacio para albergar el primer Museo del Ferrocarril de España. El edificio ha sufrido desde entonces diversas nuevas reformas, la última entre los años 2000 y 2002 para restaurar su fachada, pero por suerte conservando siempre su decoración decimonónica. Esperemos que siga respetándose esta y que aunque sea de forma controlada como ahora pueda seguir visitándose este Palacio (en una noticia que apareció en prensa en mayo de 2015 se apuntaba la posibilidad de que el edificio fuese vendido, recalificándose su actual uso para posibilitar su reconversión en hotel de lujo. Confiemos que esto no ocurra).


Nota: La visita a este palacio se hace en grupos concertados previamente (el precio es de 125 € por grupo, con un máximo de 25 personas). Para concertar la visita debe llamarse al teléfono 911 511 002, o contactar a través de la web de la Fundación.

El cocido madrileño

Cocido madrilenoLa gastronomía más típicamente madrileña no está seguramente pensada para estrictos regímenes de adelgazamiento: Gallinejas, oreja de cerdo, callos con chorizo, cocido de garbanzos con sus viandas, churros con chocolate, … Evidentemente no son platos ligeros pero, Mmmm, ¿no te resultan especialmente apetecibles con el fresquito del invierno?

La contundencia energética de buena parte de nuestra cocina más tradicional fija sus raíces en las costumbres culinarias castellanas, las cuales a su vez se encuentran muy influenciadas por los métodos e ingredientes que previamente habían asentado árabes y judíos en la cocina de estas tierras.

El cocido madrileño, nuestro plato más popularmente conocido, es un claro ejemplo de lo anteriormente dicho. Su origen primigenio se encuentra en la llamada “adafina” sefardí, un guiso que realizaban los judíos ante la llegada del Sabbat (día sagrado que se corresponde con el séptimo día de la semana en su calendario y que equivale a nuestro sábado). Puesto que en tal día estaba prohibido realizar determinados trabajos, como el cocinar, antes del atardecer del viernes en las casas se ponía a cocer una olla con abundante agua y se añadían a ella garbanzos, alubias, huevo, verdura y carnes (que no fuesen de cerdo, pues este como sabemos está vetado como alimento por la ley mosaica). Dicha olla se dejaba cubierta toda la noche entre los rescoldos de la lumbre para que los ingredientes se cocieran lentamente y así al amanecer, ¡tachán!, la comida estaba lista y no había que cocinar. Para alimentarse durante el Sabbat bastaba tan sólo con ir volcando parcialmente el contenido de la olla en una fuente y comer. Dicho sencillo acto de volcar la olla para servirse dejó grabado para la posteridad la denominación "vuelcos", con los que tradicionalmente se identifican los diversos platos del cocido presentados a los comensales. Los judíos conversos incorporarían posteriormente a este cocido inicial adicionales viandas procedentes del cerdo (tocino, chorizo y morcilla) con el objetivo fundamental de despejar ante la Inquisición las posibles dudas sobre su confesionalidad religiosa (resulta curioso ver como la religión dejó su impronta en el cocido, pues no sólo ayudó a incorporar como hemos visto el cerdo y la palabra "vuelcos", sino que ahí tenemos también la de “sacramentos” dada a las carnes y embutidos del acompañamiento, o incluso, aunque esta quizás algo más rebuscada, la de "gabrieles" con los que castizamente se denomina a los garbanzos y que algunos piensan que hace alusión al arcángel).

La mencionada adafina judía evolucionó en la edad media a la que muchos consideran como la madre de todos los cocidos de nuestro país y de buena parte de los de Hispanoamérica: La olla podrida. Un plato que si bien introdujo mayoritariamente la alubia roja como legumbre principal, mantendría en amplias zonas de Castilla el protagonismo del garbanzo sobre esta. Las diversas ollas culinarias pasarán a llamarse cocidos posteriormente, ya durante el siglo XVIII.

El cocido madrileño tradicional tiene generalmente un ritual de presentación en la mesa. Son los denominados tres vuelcos. Primeramente se presenta la sopa, hecha con el caldo de la cocción y al que se añaden fideos finos, de los llamados de cabello. Ésta costumbre de los fideos es relativamente reciente, pues parece ser que hasta los años cuarenta no se tenía costumbre y se consumía el caldo solo. El segundo vuelco se corresponde con los garbanzos y con las verduras (estas se suelen sofreír con un poco de ajo y pimentón). Acompañando a este vuelco frecuentemente se presenta también un platillo con guindillas y otro con un condimento elaborado con tomates, ajo y comino molido. Ambos acompañamientos se sirven al centro de la mesa para que cada uno, al gusto, se eche lo que quiera. El tercer y último vuelco se corresponde con la presentación de los sacramentos, es decir de las carnes y embutidos: Morcillo y falda de ternera, gallina, pollo, huesos de caña y jamón, tocino, chorizo y  morcilla. Hay quienes prefieren reducir a dos los tres vuelcos, presentando conjuntamente el segundo y el tercero a fin de ir mezclando en el yantar los garbanzos y las verduras con las carnes y embutidos. ¡Tampoco está mal!

Más allá del cocido familiar que se cocina en la casa de cada uno, Madrid cuenta con afamados restaurantes que presumen de hacer los mejores cocidos madrileños: Casa Carola, La Bola, Lhardy, Malacatín, Taberna Daniela, etc. Una buena oportunidad para comprobar si estamos de acuerdo con la fama de algunos de estos y si sentimos curiosidad por conocer otros restaurantes, tanto de la capital como de los pueblos de la Comunidad de Madrid, que lo incluyen entre sus especialidades, ahí tenemos la denominada “Ruta del cocido madrileño”, iniciativa que este año, en su sexta edición, cuenta con la participación de 33 restaurantes y que se celebra entre los días 12 de febrero y 31 de marzo.

Bueno, creo que es hora de terminar ya con este post, y para ello nada más apropiado que hacerlo musicalmente con el conocido “cocidito madrileño” de Quintero, León y Quiroga que popularizó Pepe Blanco. ¡Buen provecho!