El Reloj de la Puerta del Sol

Pese a las comprensibles cautelas tomadas en todas las grandes capitales europeas ante la inquietante escalada del terrorismo yihadista, esta Nochevieja, una vez más, nuestra Puerta del Sol se llenará de una multitud de gente alegre (este año se ha limitado la entrada a un máximo de 25000 personas), dispuestas a despedir el año que finaliza con la atención fija en el sonido cadencioso de las campanadas del reloj de la antigua Real Casa de Correos, y lo harán, también como desde hace años, acompañados atentamente de millones de españoles que, a través de las retransmisiones de las diversas cadenas de televisión que optan por conectar para dicho evento con la céntrica plaza madrileña, esperan tomarse a ritmo de dichas campanadas las doce tradicionales uvas.

El actual reloj de la Puerta del Sol data de finales del siglo XIX y su maquinaria fue una donación del relojero José Rodríguez Losada al Ayuntamiento de Madrid, viniendo dicho reloj a sustituir a uno anterior, también de torre, que desde 1854 existía en la fachada de este edificio, -por entonces ya de Gobernación y hoy sede de la Comunidad de Madrid-, y que por lo visto era de muy escasa precisión, hasta el punto de que teniendo tres esferas (el actual tiene cuatro) cada una de ellas frecuentemente mostraba horas distintas y ninguna correcta.

El reloj que vemos ahora fue construido en Londres, ciudad en la que el relojero Losada, de origen leonés, tenía fijada su residencia tras haberse exiliado años antes por motivo de sus ideas liberales. La inauguración del nuevo reloj tuvo lugar el 19 de noviembre de 1866, fecha conmemorativa del cumpleaños de la por entonces regente Isabel II, que participó en el acto. Así pues en 2016 el reloj de la Puerta del Sol cumplirá 150 años de vida. ¡Felicidades!

Durante todo el año los maestros relojeros de la casa Losada se encargan de mantener la maquinaria en buen estado y en torno a la fecha de la Nochevieja especialmente de asegurar el correcto funcionamiento del mecanismo asociado al ritual de las campanadas. Este, en esencia, es el siguiente: Cuando el reloj, que está sincronizado con el Observatorio Astronómico Nacional, marca las doce menos veintiocho segundos, uno de los relojeros que permanece junto a la maquinaria dicha noche (generalmente Jesús López Terrados) libera manualmente el mecanismo que sujeta la gran bola que pende en lo alto de la torre del reloj y que ahora, por su propio peso, empieza a descender, acompañada en su recorrido de 8 segundos del repicar vivo de las campanas llamando a la atención. A continuación y durante 20 segundos entran en funcionamiento los cuatro cuartos, en bloques cada uno de dos campanadas. Por fin, tras este preámbulo de 28 segundos, suenan las doce campanadas horarias, reguladas eso sí a una cadencia de 3 segundos por campanada para facilitar la ingestión de las uvas, pues de no hacerse así a más de uno le sería imposible seguir el ritmo de ingesta requerido. El ritual se repite año tras año y, pese a sabido, siempre suele venir acompañado de aclaraciones de alguno de nuestros acompañantes o de nosotros mismos: ¡Todavía no!, ¡Ahora!, ¡ahora!

Atentos pues a la bajada de la bola y ... ¡Feliz Año Nuevo a todos!

Exposición Temporal: Andrzej Wróblewski. Verso / reverso

Resulta gratificante descubrir a un artista que, pese a gozar por lo visto de amplio reconocimiento en Polonia, país donde vivió y desarrolló su carrera profesional, aquí en España era hasta ahora un auténtico desconocido para el gran público. Me estoy refiriendo a Andrzej Wróblewski y más concretamente a la retrospectiva de su obra que el Reina Sofía, en colaboración con el Museo de Arte Moderno de Varsovia, nos ofrece hasta el 28 de febrero de 2016 en el Palacio de Velázquez del Parque del Retiro.

El título de la exposición, "Verso/reverso", hace referencia a la curiosa utilización que este pintor hace a menudo de las dos partes simultaneas del lienzo para trasladarnos su mensaje: En una cara, recurriendo generalmente al estilo figurativo y realista, nos muestra su visión sobre la tragedia de la población polaca sometida al terror de la invasión nazi del país. En la otra, mediante la representación de geometrías abstractas, el artista contrapone la idea evasiva y simbólica de otro mundo ideal. ¡Curioso e interesante sin duda el artificio pictórico!

Andrzej Wróblewski tuvo una corta carrera artística, ya que falleció con tan sólo 29 años como consecuencia de un accidente sufrido mientras practicaba montañismo. Pese a ello, no obstante, tuvo tiempo para crear una relativamente amplia y personalísima producción pictórica.  Nació en Vilnius (Lituania) en 1927, en el seno de una familia de la élite cultural, y pronto se vio marcado por la realidad trágica de una época de fuertes tensiones bélicas, políticas y sociales que influirán decididamente en la forma de enfocar su arte. Con 14 años de edad presenció el fallecimiento por infarto de su padre ante un registro nazi de su casa y poco después fue repatriado a Polonia, donde se convertiría en un entusiasta seguidor de las ideas de renovación social promovidas allí por el Partido Obrero Unificado. Su obra pictórica toma en esta época tintes próximos al propagandismo del movimiento socialista estalinista, pero pronto, hacia 1955, se producirá en su arte un cambio de rumbo estilístico y temático en el que resaltará la creciente desilusión ante la realidad que percibe. Sus obras se hacen más personales y su estilo pictórico se asentará en una marcada bipolaridad a caballo entre la abstracción y el arte figurativo, ambigüedad artística que pasará a convertirse en una de sus marcas de identidad.

Sinceramente, es una exposición que creo merece la pena no perderse.

Exposición: Andrzej Wróblewski. Verso / reverso
Lugar: Palacio de Velázquez. Parque del Retiro
Fecha: Del 17 de noviembre 2015 al 28 de febrero 2016
Horario: Todos los días, excepto martes, de 10 a 18 horas
Entrada Gratuita


Iluminación navideña

Si bien las largas colas de gente que se forman ante la administración de lotería de Doña Manolita en la céntrica calle del Carmen ya nos venían indicando hace algún tiempo que las navidades estaban aquí mismo, es hoy viernes 27 de noviembre cuando tras el encendido municipal del alumbrado navideño la ciudad dará oficialmente la bienvenida a dichas fiestas.

El Ayuntamiento nos informa en su web ciudadana del acto inaugural que, con la presencia de la alcaldesa, tendrá lugar a las 19 horas en la Plaza Mayor de Madrid, indicándonos así mismo los lugares y horarios diarios en los que el alumbrado navideño estará en funcionamiento. En esencia, estos últimos son los siguientes: Domingos, lunes, martes y miércoles las luces permanecerán encendidas hasta las 23 horas, y los jueves, viernes, sábados y vísperas de festivo, hasta las 24 horas. Tendrán carácter especial los días 25 de diciembre y 1 y 6 de enero, en los que el alumbrado permanecerá  de 18 a 24 horas; así como el día 24 de diciembre y el 5 de enero en que éste estará de 18 a 3 horas y  el día 31en que lo estará de 18 a 6 horas.

Aprovechemos pues a partir de hoy para añadir a nuestros posibles paseos por la ciudad el de los engalanados recorridos navideños, recordando eso sí que el sábado 28 de noviembre toda la iluminación especial de la ciudad se apagará entre las 19,30 y las 19,45 horas como apoyo a la Marcha Mundial por el Clima que se celebra dicho día.


La plazuela más pequeña de Madrid

La plazuela de San Javier es un pequeño y algo recóndito espacio del Madrid de los Austrias que pasa por ser considerada la más pequeña de la Villa, curiosidad que por sí misma puede ser motivo para dedicarle una visita, pero que además tiene, en torno a ella, algunas anécdotas que sin duda reforzarán el interés del paseante curioso.

Situada entre las calles Segovia y Sacramento, se accede a esta plazuela a través de la Calle Conde, que así se llama porque en ella tuvo su palacio el conde de Revillagigedo, virrey de la Nueva España e impulsor de la colonización de California. La plazuela, que por pequeña y por dar sólo a una calle más parece una protuberancia de esta que realmente una plaza, ya existía en el siglo XVII, pues así queda reflejada, aunque sin nombre aparente, en el famoso plano de Texeira de 1656.

Se la llamó posteriormente Plazuela de San Javier por existir, en la fachada del edificio que hace chaflán con la calle Conde y que perteneció a la Compañía de Jesús, una imagen pintada de dicho santo ejerciendo su papel de apóstol de las Indias. Dicho edificio fue sometido en los siglos posteriores a diversas reformas, transformándose hace ya tiempo en bloque de viviendas, pero sin perder del todo cierta noble apariencia arquitectónica de antaño, como lo atestigua su puerta adintelada en piedra.

En el número 3 de la calle Conde, frente a la plazuela y cerrando visualmente el contorno de esta, encontramos un edificio con un escudo nobiliario en medio de su fachada. Se trata de una casona del siglo XVI, aunque reformada en los dos siglos siguientes, en la que se cree vivió el Aposentador de Felipe II (dicha persona era la encargada de la separación de los cuartos de las personas reales y de señalar los espacios para oficinas y habitación de los que debían vivir dentro de palacio). En la planta baja del edificio se abrió en el siglo XVIII un almacén de vinos que, un siglo después, ya por 1857, se transformaría en una posada con habitaciones para huéspedes estables, con cuadra para guardar las acémilas y con un afamado mesón que cuentan fue frecuentado con cierta asiduidad por el famosos bandolero Luis Candelas. Aquella vieja posada, que como la plazuela se llamó de San Javier, se mantuvo en funcionamiento hasta comienzos de la Guerra Civil, pero aunque hoy ha desaparecido, su recuerdo y el de esa pequeña plaza han quedado inmortalizados, gracias al maestro Federico Moreno Torroba, en una de las más conocidas y populares zarzuelas de ambiente madrileño, -Doña Francisquita-, estrenada en el teatro Calderón en 1932 y en la que vemos como el primer acto de la obra transcurre a las puertas de dicha posada, de la que es inquilina la joven protagonista. Si sientes curiosidad, te ofrezco seguidamente el enlace a un fragmento de dicha zarzuela.


Las gaviotas del Manzanares

Cuando paseo por Madrid Río, especialmente al recorrer el tramo comprendido entre los aledaños del Estadio Vicente Calderón y el Puente de Segovia, disfruto contemplando el nutrido grupo de gaviotas que allí con frecuencia se concentra y que a menudo, por eso de la asociación mental, me traslada ilusoriamente a ambientes marineros.

Aunque sin duda el hábitat natural de las gaviotas sigue estando junto a las zonas costeras, hace tiempo que dejó de extrañar la presencia de dichas aves en zonas de interior como Madrid. En un principio se avistaban sólo en las épocas invernales, cuando en su migrar hacia zonas cálidas ocupaban temporalmente los humedales que encontraban en su recorrido. Así, por ejemplo, según uno de los primeros registros ornitológicos existente sobre la presencia de estas aves en Madrid, se indica que durante los inviernos de 1954 y 1955 llegaron ya a contabilizarse en el lago de la Casa de Campo entre uno y dos millares de gaviotas de las del tipo reidora. Hoy en día la presencia de gaviotas en la Comunidad de Madrid no sólo ha aumentado significativamente sino que muchas de ellas, como ha ocurrido con las cigüeñas y otras aves antaño estacionales, se ha hecho en gran medida permanente gracias, entre otras causas, a la facilidad alimenticia que los grandes vertederos urbanos les proporcionan.

Instaladas masivamente para su descanso nocturno en las lagunas de la gravera de El Porcal (Rivas-Vaciamadrid) y en los embalses de Santillana, el Pardo y Valmayor, las gaviotas madrileñas se dirigen cada mañana a comer a los vertederos de Valdemingómez, Colmenar Viejo, Pinto, Alcalá de Henares y Mejorada del Campo. Allí, entre las montañas de residuos, encuentran su apreciado sustento, consistente tanto en la ingesta de residuos orgánicos frescos como de pequeños materiales sólidos que les ayudan a triturar la comida.


Resulta curioso saber, gracias a la información obtenida por estudios ornitológicos en los que se han analizado los movimientos de ejemplares anillados, que las gaviotas pueden cambiar de dormidero de un día para otro y alimentarse en varios vertederos diferentes en un mismo día, por lo que las rutas de vuelo que podemos observar no están conformadas necesariamente todos los días por los mismos individuos.

Durante sus desplazamientos diarios en el recorrido “dormidero-comedero-dormidero” las gaviotas siguen por lo general el curso de los ríos, sirviéndose de estos para su descanso temporal. Es en esos momentos, en nuestro caso cuando se posan sobre las aguas del Manzanares a su paso por la ciudad, cuando podemos observarlas con mayor detenimiento.

En Madrid los tipos de gaviota que más abundan son los de "reidora" y "sombría".

Las gaviotas reidoras, esas que en su día hicieron por su nombre tanta gracia a la ya exalcaldesa Ana Botella, reciben dicha denominación por el estridente sonido que emiten, parecido en cierto modo a la risa nerviosa de algunos humanos. Son de menor tamaño que sus colegas las gaviotas sombrías y, junto a dicho rasgo, podemos identificarlas también por algunas otras características de su aspecto físico: Según la época del año, la gaviota reidora tiene la cabeza de distinta coloración. En verano es de un color marrón oscuro que se va aclarando en invierno hasta llegar en primavera, coincidiendo con la época de cría, a ser completamente blanca, conservando sólo una pequeña mancha oscura detrás del ojo. Los ejemplares jóvenes tienen un plumaje de color gris y marrón, con la cola de color blanco con una banda negra en la punta. Las patas de estos ejemplares jóvenes son rosáceas, volviéndose de color rojo en los adultos. El pico de estas aves es de color rojo con la punta negra.

Por su parte, las gaviotas sombrías son, como ya dije, de mayor tamaño que las reidoras. Los adultos son completamente blancos en las zonas ventrales y de un intenso color gris o negruzco en las dorsales, en tanto que las patas y el pico son de color amarillo, mostrando además este último una mancha roja cerca de la punta (las aves jóvenes tienen el pico de color negro).

Capilla del Obispo


Aneja a la Iglesia de San Andrés pero sin acceso directo desde la misma, se encuentra la famosa Capilla del Obispo, erigida en el siglo XVI para albergar los restos del patrón de Madrid: San Isidro Labrador.

Fue Francisco de Vargas Medina, chanciller mayor de Castilla y consejero real (primero de los Reyes Católicos y luego de Carlos V), quien mandó construir en el año 1520 esta capilla, reforzando sin duda con su acción tanto la imagen de poderío económico como el estrecho vínculo de la familia Vargas con el santo, ya que recordemos San Isidro labró su historia de santidad trabajando para uno de los Vargas allá por el siglo XII.

La capilla se construyó en el lado norte de la Plaza de la Paja, uno de los espacios públicos más representativos del Madrid de la época, aprovechando el terreno aledaño al nuevo palacio que los Vargas se habían hecho construir allí (el edificio lo ocupa actualmente el Colegio Santa Bárbara) y que, además, lindaba con la Iglesia de San Andrés en donde, con algún que otro ir y venir, se custodiaban los restos del santo.

La construcción de la capilla se prolongó durante bastantes años, siendo ya el hijo del promotor, Gutierre de Vargas y Carvajal, Obispo de Plasencia, quien la finalizó y dirigió en 1535 el traslado allí de los restos del santo. No obstante la estancia de estos en el lugar no duraría demasiado, pues diversas disputas de protagonismo clerical devolvieron nuevamente en 1544 la custodia de los restos a la iglesia de San Andrés (actualmente se conservan, junto a los de Sta. Mª de la Cabeza, en la Real Colegiata de San Isidro, en la calle Toledo).

Desestimado a partir de aquel momento el propósito inicial de la capilla, Gutierre de Vargas decide destinar la misma a panteón familiar. Manda entonces cerrar la puerta que la unía con San Andrés y encarga el retablo que hoy podemos admirar, así como los sepulcros tanto de sus padres como el suyo propio. La capilla, cuyo nombre oficial era y es Capilla de Santa María y San Juan de Letrán, pasa pronto a ser conocida, en honor a su impulsor, como “Capilla del Obispo”.

El edificio, monumento nacional desde 1931, representa la transición del gótico (nave y ábside cubiertas por bóvedas góticas de crucería) al renacimiento, siendo uno de los escasos edificios de dicho estilo que existe actualmente en Madrid. La fachada se asemeja más a la de una residencia palaciega que a la de una capilla religiosa y quizá por ello, y por no tener culto y encontrar tapiada su conexión con la iglesia, se libró de la destrucción intencionada que sufrieron durante la Guerra Civil otros recintos religiosos..

Para acceder a la Capilla deberemos subir la doble escalinata que da a la Plaza de la Paja y, tras traspasar la puerta de fachada, pasar a un pequeño patio tipo claustro en donde encontramos la verdadera puerta de la Capilla. Esta es un recinto de una sola nave, con altos muros, varios ventanales en la parte superior que iluminan el recinto y una cubierta de bóveda de crucería. La arquitectura interior es visualmente sencilla, destacándose sobre ella los elementos escultóricos: El retablo y los sepulcros.


El retablo, de madera policromada, representa distintos momentos de la vida de Cristo. Es de claro estilo manierista y fue tallado por Francisco Giralte, discípulo de Berruguete. También son obra del mismo artista los sepulcros en alabastro que a ambos lados del retablo nos muestran a Don Francisco de Vargas y Doña Inés Carvajal, padres del obispo, así como el hermoso sepulcro del propio Gutierre de Vargas, situado en el lateral derecho de la capilla.

Durante muchos años la Capilla del obispo estuvo cerrada al público, pero por suerte y tras una importante rehabilitación, en 2010 se abrió a los visitantes. Si no la conoces merece la pena ir a verla (infórmate de los horarios, pues no siempre está abierta).

Para finalizar esta entrada del blog quiero hacer un pequeño apunte en relación con el nombre de la plaza en la que se encuentra la Capilla del Obispo, pues dicho topónimo guarda relación con esta: Finalizada la construcción de la Capilla, se llamó Plaza de la Paja a esta porque en ella se subastaba la paja que se otorgaba a los canónigos de dicha capilla y de la iglesia de San Andrés para el mantenimiento de las mulas que poseían y que utilizaban para sus desplazamientos por la villa y aledaños. ¿Lo sabías? 

Picasso en Lavapiés

Cerca de la Plaza de Tirso de Molina, en la confluencia de la calle de San Pedro Mártir con la de la Cabeza, llama la atención un curioso conjunto de cuatro murales cerámicos que, a modo de falsas balconadas, se eleva por la fachada del edificio que allí hace esquina. ¿Has reparado en ellos?

Inaugurados el 25 de octubre de 1981, aniversario del nacimiento de Pablo Ruiz Picasso, estos murales fueron un encargo del Ayuntamiento de Madrid a la ceramista Lola Gil para, con ellos, dejar constancia conmemorativa del primer centenario del nacimiento del artista malagueño  y de su estancia en nuestra ciudad, pues fue en esta casa, concretamente en la vivienda del piso 2º izquierda, donde Picasso vivió durante nueve meses, cuando con 16 años vino por primera vez a Madrid a estudiar pintura en la Academia de Bellas Artes de San Fernando.



Los cuatro murales cerámicos nos muestran composiciones imaginadas por la artista en las que, a través de falsos balcones, se muestran aparentes escenas de vecindad con elementos claramente referenciados a diversas obras de Picasso: En el 4º piso se representa al artista vestido como uno de sus conocidos Pierrot. En el 3º, una mujer que nos recuerda a “Mujer en blanco” se asoma a la baranda mientras al fondo de la estancia un búho, similar a los que aparecen en platos y cerámicas creadas por Picasso, completa la estampa de la supuesta habitación. En el 2º piso la referencia son los cuadros “El Retrato de Gertrude Stein” y “Mujer con abanico”, completados con un par de cabezas de fauno asomando entre los barrotes. Por último, en el piso 1º, iluminados por una lámpara a lo “Guernica” y contemplados por unos personajes cubistas, un Pablo Picasso viejo y un Pablo Picasso joven, juegan cartas con un vecino del inmueble. ¿Le reconoces?

Pues sí, se trata del popular José Isbert, aquel entrañable actor de los años 50 y 60 que, por poner sólo algunos memorables cinematográficos ejemplos, fue alcalde de Villar del Río (Bienvenido Mister Marshall), matarife jubilado (El verdugo), aspirante a inválido (El cochecito) o abuelo desesperado por la pérdida del pequeño Chencho (La gran familia). En el mural del que hablamos aparece representado porque él también fue vecino de esta casa, -de hecho nació en ella-, y con este guiño se ha querido homenajear de paso al actor. Lo de representarles jugando juntos a las cartas es un simple recurso escénico de la artista, pues no sólo no compartieron que se sepa mesa en su edad madura, si no que tampoco es previsible que lo hiciesen en en los años 1897 y 98, pues José era un niño de 11 años con gustos y costumbres seguramente infantiles como correspondía a su edad y Pablo, con 16, un joven que ya estaba incorporándose al mundo de los adultos.

Cuesta de Moyano

El mundo digital sin duda ha asentado sus reales en la sociedad actual y, al hacerlo, usos y costumbres que hasta no hace mucho considerábamos enraizadas van viéndose modificadas de forma progresiva. Una de ellas claramente es la compra y lectura de libros en formato papel, pues pese a seguir a fecha prefiriéndose mayoritariamente dicho soporte al electrónico (dato refrendado por el CIS y que sin duda mucho tiene que ver con que buena parte de ese 63% de índice de lectores existentes en nuestro país nació antes del boom digital) cada vez más la impresión en papel tenderá a ir reduciendo su ámbito de existencia. ¿Qué uso real tienen en nuestras casas ya, por ejemplo, todos esos volúmenes enciclopédicos del Espasa o del Larousse que siguen llenando nuestros estantes y que un día seguramente adquirimos como culturalmente imprescindibles?

Es evidente que el libro en papel se hace viejo, pero por suerte aún mantiene para muchos un encanto especial que va más allá de la propia evasión de la lectura y se recrea incluso con el objeto en sí. ¿Eres de los que disfrutas ojeando libros?

Madrid cuenta con abundantes y buenas librerías, pero no es de ellas de lo que hoy quiero hablar, sino de una de las ferias permanentes del libro más antiguas en Europa: La Feria Cuesta de Moyano.

Como seguramente conoces, la Feria de libros Cuesta de Moyano es un agradable espacio de compra venta de libros en el que estos se exponen en casetas abiertas a la calle, sobre el mostrados de las mismas y en mesas auxiliares instaladas junto a ellas. La oferta es variada, pudiendo encontrar allí publicaciones antiguas y actuales, ediciones nuevas y de segunda mano a buenos precios y que por su singularidad atrae, especialmente los domingos por la mañana, no sólo a bibliófilos y ávidos lectores de limitados recursos económicos, sino a muchos curiosos simples paseantes.

Situada a un costado del Real Jardín Botánico, la calle de Claudio Moyano en la que se ubica este conjunto de casetas se conoce popularmente como Cuesta de Moyano por el evidente desnivel de la calle, peatonalizada en el 2007, que asciende desde la confluencia del Paseo del Prado con Atocha hasta las lindes del Parque del Retiro.

Esta feria permanente del libro nació en 1919, a raíz de la decisión de un sector de libreros, que participaba desde finales del XIX en otra feria más generalista existente por entonces en Atocha, de escindirse de esta e instalarse, como feria especializada, en el Paseo del Prado, delante del Jardín Botánico. En 1924 la feria sería trasladada por iniciativa municipal a la calle Moyano y un año después quedaría regulado el espacio destinado a la misma: Se estableció un máximo de 30 casetas a instalar, todas ellas con un similar diseño en madera y con idénticas dimensiones (15 metros cuadrados) y se fijó un canon mensual de arrendamiento que oscilaba entre las treinta y las cincuenta pesetas. Parece ser que el nuevo emplazamiento realmente nunca gustó demasiado a los libreros, que preferían el Paseo del Prado por su mejor visibilidad y mayor tránsito de personas, pero pese a más de un tira y afloja con la municipalidad, allí quedarían ya establecidos para siempre. Bueno, no exactamente del todo, pues en dos ocasiones se les trasladó provisionalmente a su ansiado Paseo del Prado: La primera fue en 1986 como consecuencia de la renovación de los puestos (se les dotó, entre otras mejoras, de agua, calefacción y teléfono), y la segunda en el año 2004 tras el incendio de una estación eléctrica situada en las proximidades, y cuya nueva ubicación se decidió fuera en el subsuelo de la Cuesta Moyano, circunstancia ésta que se aprovechó para afrontar una amplia remodelación en la zona y, entre otras cosas, hacerla peatonal. El 19 de abril de 2007 las 31 casetas de las que consta actualmente la feria (se añadió una reservada al propio Ayuntamiento), reabrieron nuevamente al público con la estructura que hoy contemplamos (la reforma respetó el diseño original de las casetas, siendo estas una réplica exacta de las que había en el año 1925).

La calle se halla presidida, en su extremo más próximo a Atocha, por la estatua de quien da nombre a la misma, el zamorano Claudio Moyano y Samaniego, político español de la segunda mitad del siglo XIX, de ideología liberal, artífice de la ley de instrucción pública de 1857, -conocida popularmente como “Ley Moyano”-, que estructuró y reguló el sistema educativo español durante más de 100 años, hasta ser desbancada en 1970 por una nueva Ley General de Educación. 

En el otro extremo de la calle, en su parte alta, Pio Baroja vela desde 2007 por el mantenimiento literario de esta calle. La estatua, creada en 1980, estuvo con anterioridad instalada en el interior del recinto de los Jardines del Retiro, pero se decidió trasladarla aquí, al remodelarse la calle de Moyano, en recuerdo a los paseos que el escritor daba frecuentemente por ella, recreándose en las casetas (fue uno de los firmantes de la petición que en su día se hizo al Ayuntamiento de Madrid para que se destinara un espacio fijo para instalar la feria permanente del libro).

¡Ojo pues, don Pio!

Fiestas de la Melonera

El final del verano ha venido marcado festivamente en Madrid desde hace tiempo por la Fiestas de la Melonera, festividad del mes de septiembre cuyos eventos populares tienen lugar en el Distrito de Arganzuela y que este año 2015 se desarrollan entre los días 11 y 20 de dicho mes (puedes ver el Programa pinchando aquí).

El origen de estas fiestas se encuentra en la romería que allá por el año 1718 comenzó a popularizarse para honrar a la Virgen de Puerto, imagen mariana incorporada al devocionario madrileño por mediación de Francisco Antonio de Salcedo y Aguirre, -Marqués de Vadillo-, corregidor de la Villa en aquel entonces, y que desde los comienzos de su carrera política en Plasencia se había hecho fervoroso seguidor de esta Virgen, patrona de aquella ciudad. A sus expensas, el Marque de Vadillo había mandado construir la Ermita de la Virgen del Puerto (el arquitecto fue Pedro de Ribera) en el Soto del Palacio, un amplio espacio natural entre el río Manzanares y el Campo del Moro que fue a los efectos allanado y embellecido. En torno a la ermita y a la fecha del 8 de septiembre, conmemoración de la Natividad de la Virgen del Puerto, se celebraban en el lugar unas fiestas (que el marques y sus invitados podían contemplar si lo deseaban desde los balcones de la ermita) en las que había bailes y meriendas campestres, y en las que por lo visto se comían abundantemente sandías y melones, típicos de la época estival y cuya venta proliferaba en los puestos ambulantes que al efecto se montaban. De ahí el nombre de "Fiestas de la Melonera".

Las fiestas fueron posteriormente trasladadas desde las inmediaciones de la Ermita de la Virgen del Puerto al barrio de Arganzuela, donde se consolidaron.

Las Fiestas de la Melonera 2015 tienen, como se aprecia en el programa de las mismas, algunas variaciones con respecto a años anteriores. Vemos que se ha dado entrada en diversas actividades a la participación de colectivos del distrito, se ha ampliado el espacio de celebración con la incorporación del Auditorio al aire libre del Parque Tierno Galván y se ha prescindido de las atracciones de feria (el nuevo Gobierno Municipal ha dejado desierto este año el concurso adjudicatario). Así mismo, en la nota saludatoria que hace la Concejala Presidenta del Distrito de Arganzuela en el programa divulgativo de los festejos, se resalta que este año las fiestas contarán por primera vez con un lema, ligado a la idea de fomentar estas como espacio de encuentro y convivencia: "Contra el racismo, por una Arganzuela diversa"


El ciego de las Vistillas y otros Cronistas de la Villa

Bajo el seudónimo de "El ciego de las Vistillas" en 1921 comenzó el periodista Pedro de Répide y Gallego a publicar en el desaparecido diario La Libertad una colección de artículos en torno a las calles de Madrid, artículos que fueron posteriormente recopilados y publicados en formato libro con el título de “Las Calles de Madrid”. Por su contenido y por la gran cantidad de localizaciones reseñadas dicho libro sigue resultando de gran utilidad para los que gustamos de curiosear sobre la historia e historias de la Villa, siendo reconocido como un clásico entre los libros del género. Hoy me sirve su referencia de entrada para hablar aquí de su autor y de esos otros que como él fueron o son Cronistas Oficiales de la Villa.

Pedro de Répide nacido en Madrid en 1882 y antes de su consagración en la capital como literato y periodista trabajó varios años en París como bibliotecario y secretario de correspondencia de la destronada reina Isabel II, que allí se había retirado a vivir. Tras la muerte de esta  regresa en 1905 a Madrid, donde pronto empieza a publicar varias novelas y también libros de sabor madrileñista.

Los artículos de Répide sobre “Las calles de Madrid” que conformarán el libro del que he hecho referencia al principio fueron publicados en el periódico “La Libertad” entre el 3 de mayo de 1921 y el 4 de octubre de 1925, a razón de nueve entregas mensuales. Los tres primeros los firma Répide bajo el seudónimo de “El ciego de las Vistillas” pero, debido a la buena aceptación que estos tienen y que le animan a seguir publicando nuevas entregas ya regularmente, los siguientes irán firmados con su verdadero nombre, .

En 1923, siendo Alcalde de Madrid, Joaquín Ruiz Giménez, Pedro de Répide es nombrado, junto con Antonio Velasco Zazo -otro reconocido escritor y periodista del momento-, Cronista Oficial de la Villa.

La declaración de Cronista Mayor y Oficial de la Villa había sido otorgada por primera vez en 1864 a Ramón de Mesoneros Romanos, el "curioso parlante" como le gustaba firmar en sus escritos. Tras el fallecimiento de este en 1882, el título fue dado a Julián Castellanos y Velasco (que lo mantuvo hasta su renuncia en 1889) y luego a Carlos Cambronero Martínez. En 1923, considerando que para una ciudad del volumen de Madrid la existencia de un solo cronista era insuficiente, se formaliza la creación del Cuerpo de Cronistas Oficiales de la Villa, siendo Pedro Répide y Velasco Zazo los primeros que inscriben su nombre en él.

El Cuerpo de Cronistas oficiales de la Villa va a contar a partir de entonces con varios titulares (en 1998 queda fijado estatutariamente en su reglamento que podrán ser un máximo de hasta doce miembros vivos, con un mínimo de seis, y que el máximo de títulos a otorgar en cada mandato corporativo, mientras existan vacantes, sea de tres). El nombramiento de los Cronistas se lleva a cabo siempre por designación municipal, aunque debe contarse también con el aval de los cronistas existentes en ese momento. El cargo de Cronista es vitalicio y, aunque meramente honorífico, pues no tiene remuneración alguna, compromete al poseedor del mismo a continuar escribiendo e investigando sobre la ciudad,cosa que no obstante suelen hacer por gusto en el marco de sus respectivas profesiones. El despacho del Cuerpo de Cronistas de la Villa de Madrid ha estado situado históricamente en la Casa de la Panadería, aunque en tiempos recientes pasó al Palacio de Cañete (calle Mayor, 69), compartiendo espacio con la biblioteca del Instituto de Estudios Madrileños.

Desde 1923, el pleno del ayuntamiento de Madrid ha realizado veintinueve nombramientos de Cronistas Oficiales de la Villa. Actualmente hay once, de los que diez lo son a título personal: los periodistas Enrique de Aguinaga Lopez (decano del cuerpo), Pedro Montoliú Camps, Luis Prados de la Plaza, Ángel del Río López, Antonio Castro Jiménez, Mayte Alcaraz Hernández  y Ruth Gonzalez Toledano; el musicólogo Andrés Ruiz Tarazona; y los historiadores Carmen Iglesias Cano y Feliciano Barrios Pintado (este fue nombrado en 2013 y es por tanto el último de los Cronistas actuales). Además de los anteriores, hay un cronista honorífico oficial a título corporativo, el Instituto de Estudios Madrileños, representado por su presidente, Alfredo Alvar Ezquerra.

Es sin duda de agradecer la labor desarrollada a lo largo de los años por los sucesivos Cronistas de la Villa, como lo es también, y desde aquí quiero dejar constancia personal de reconocimiento, la de esos otros cronistas que, aunque no lo sean oficialmente, nos acercan desde publicaciones, blogs y diversos medios divulgativos, al conocimiento de la ciudad de Madrid.  

Para terminar y por su relación con el tema tratado, facilito seguidamente un par de enlaces a unos vídeos accesibles en You Tube que formaron parte de un documental emitido en su día en la 2 de TVE:


Los primeros taxis de Madrid

Al pasas por la Plaza de Herradores verás, en la esquina de esta con la calle Hileras, una placa indicativa de que allí estuvieron en el siglo XVII las paradas de las sillas de manos, los primeros “taxis” de la ciudad.  Si como a mi te mueve la curiosidad por saber algo más del funcionamiento de este antiguo negocio y de su grado de incidencia en la vida ciudadana de entonces, te invito a seguir leyendo y dejarte llevar mentalmente en el tiempo:

En el siglo XVI Madrid es una ciudad en clara expansión. Felipe II ha fijado en ella la capitalidad de su Imperio y son numerosas las personas, -cortesanos, nobles, comerciantes, artesanos y gentes en general en busca de oficio y beneficio-, que se suman a su población natural, triplicándola en número en poco tiempo. Los desplazamientos dentro de la urbe, con numerosas calles estrechas, dificultan el uso de carruajes, por lo que caballos y sobre todo mulas son los medios de transporte más utilizados. Pero el tránsito conjunto de personas y animales, no siempre bien controlados,se hace incómodo en espacios estrechos y además sale caro (alimentación, alojamiento, mantenimiento, etc). Las autoridades empiezan a restringir el uso de estos dentro de la ciudad y es necesario encontrar alternativa. Cortesanos y nobles, recelosos de mezclarse en las calles con el vulgo, encuentran una solución en las "sillas de manos". Pronto este medio, más allá de cubrir la simple necesidad de desplazamiento, se convertirá en un símbolo representativo de lujo y estatus social. Las damas serán sus principales usuarias.

Una silla de manos, en esencia, es simplemente un compartimento de madera con un asiento (los de dos generalmente se usaron en las llamadas literas, de estructura similar pero portado sobre mulas), ventanales con cortinillas en las paredes (para evitar ser visto si así se deseaba) y que tiene a cada costado del habitáculo unos herrajes por los que se pasa una gran vara que permite que dos o cuatro personas puedan levantarla y desplazarla.

Las primeras sillas fueron al principio carruajes particulares que como tales se decoraban a menudo profusamente atendiendo al gusto y dinero de sus dueños, pero con el tiempo su uso siguió proliferando, apareciendo ya a finales del XVI y principios del XVII los nuevos servicios de alquiler de sillas de manos y/o de porteadores. Para facilitar y organizar el servicio en Madrid se establecieron paradas fijas en diversos lugares, como las plazas de Herradores, Cebada, Antón Martín, Santo Domingo, Provincia, Puerta del Sol y Palacio Real.

Los porteadores de las sillas de manos eran dos jóvenes (cuatro en algunas ocasiones) que recibían el nombre de “silleteros”. Estos soportaban todo el peso del viajero y de la silla sobre sus hombros mediante unas correas que cruzaban entre las barras. Si la distancia a recorrer era especialmente larga a veces se contrataban silleros de relevo, a fin de evitar desfallecimientos y garantizar en lo posible durante el trayecto un paso uniforme que facilitase la comodidad del viajero.

Debido a que proliferó mucho el número de jóvenes que, habiendo llegado sin oficio a la capital procedentes de otras ciudades y villas, se ofrecían de silleros como forma fácil de ganarse la vida (sólo se precisaba una buena constitución física y aportar el correón con que llevar la silla) pronto surgieron problemas con dicho colectivo y las autoridades se vieron en la necesidad de regular la profesión. Así, en 1611 se dispuso por ley que ninguna persona podía ser mozo de sillas de alquiler en nuestra Corte sin tener licencia para ello. Igualmente, para evitar abusos, se establecieron criterios  reguladores relacionados con el precio del servicio: Por un traslado de ida y vuelta cada uno de los mozos de silla cobraba en el año 1600 un real, cantidad que según aparece reflejado en el Pregón de la Villa del año 1613 fue posteriormente elevada a real y medio.

La moda de las sillas de manos fue tal durante los siglos XVII y posterior que el hecho llegó incluso a influir en la construcción de las casas principales, haciendo por ejemplo que las escaleras de estas se hiciesen con peldaños anchos, de forma que los mozos de silla pudieran subir a las señoras hasta la antesala de la casa. ¿También fueron entonces estas sillas los primeros ascensores?


Casa Garay

A finales del siglo XIX y principios del XX buena parte de la burguesía madrileña, que hasta entonces había vivido prioritariamente en el centro de la ciudad, va a trasladar su residencia a los nuevos barrios del norte de la capital que van consolidándose en el marco del Plan de Ensanche aprobado en 1860 y que se conoció como Plan Castro por haber sido el arquitecto e ingeniero Carlos María de Castro quien lo diseñó. En torno al eje del Paseo de la Castellana (denominado en el siglo XIX Paseo Nuevo de las Delicias de la Princesa, en honor a la futura Isabel II) se conforman los nuevos barrios ricos de Almagro y Salamanca, con grandes avenidas y calles de trazado regular en la que se levantan palacetes y bloques de casas con porte distinguido.


Una de estas edificaciones de hermosa fachada es la que aquí quiero hoy mencionar: la Casa Garay.

Esta casa, situada en el número 42 de la calle Almagro, fue mandada construir por Antonio Garay Vitorica, un adinerado personaje (poseía extensas propiedades en Extremadura y fue, por ejemplo, uno de los fundadores de Hidroeléctrica) que abrió casa en Madrid al ser nombrado diputado a Cortes por el bloque conservador  en representación de la provincia de Cáceres, cargo que desempeñaría durante 5 legislaturas (entre 1916 y 1923).

Manuel María Smith e Ibarra fue el arquitecto que diseñó el palacete de estilo regionalista que hoy podemos admirar. Este arquitecto vasco había sido el autor de la Estación de Atxuri de Bilbao y era además el máximo representante en Euskadi, de donde era originario también Garay, de la arquitectura residencial burguesa de la época, pudiendo admirarse varias de sus construcciones actualmente a lo largo del “Paseo de las Grandes Villas” en Getxo. El palacete de Madrid comenzó a construirse por Manuel María Smith en 1914, siendo finalizado en 1917 por otro notable arquitecto, Secundino de Zuazo Ugalde, autor por ejemplo en Madrid del proyecto de los Nuevos Ministerios.

La Casa Garay mantiene a fecha íntegras las fachadas y cubiertas, aunque no así el interior de la construcción, que fue plenamente remodelado para acoger en 1979 las dependencias del Colegio de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos de Madrid (hay que decir que gracias a ello el palacete se conserva en aparente buen estado, pues antes de esta ocupación estuvo unos años abandonado y a punto por lo visto de ser demolido).

Sobre la puerta principal de entrada al palacio por la calle Almagro destaca el gran escudo de los Garay, con los dragones, antorchas y roleas, y sobre este un hermoso ventanal con un parteluz donde apoyan dos arcos  de medio punto de estilo plateresco.

Siendo bonita la fachada a la calle Almagro no lo es menos la que lo hace a la calle Jenner, destacando quizás aquí la torre chaflán y el enlace de esta con el cuerpo lateral del edificio, en el que vemos una bella terraza enmarcada por un gran arco. El conjunto de piedra de ambas fachadas queda resaltado por el contraste que en lo alto del edificio dan los aleros sobresalientes de madera oscura, típicos del norte de España. El conjunto queda visualmente rematado por una gran veleta de hierro de elaborada forja, como también lo es la utilizada en las diversas balconadas.

A la muerte del empresario el palacio se vendió y fue pasando por diferentes manos. Durante un tiempo fue la sede de la embajada de Bélgica, y también se utilizó por lo visto durante la Guerra Civil como hospital de sangre.


Si pasas por allí, no dejes de fijarte en este hermoso edificio.

La Mariblanca

Sin considerar las estatuas humanas que en mayor o menor número se instalan regularmente en la Puerta del Sol de Madrid para ganarse algún dinerillo con su inmovilidad, en esta plaza, epicentro de la ciudad, existen tres esculturas: La gran figura ecuestre de Carlos III, la muy fotografiada por los turistas del Oso y el Madroño, y la Mariblanca. Las dos primeras fueron esculpidas en la segunda mitad del siglo XX y, aunque la tercera estuvo ya en esta plaza en el siglo XVII, la que ahora vemos es realmente una réplica del original que se conserva en la Casa de la Villa. Esta escultura, la original, tiene una historia azarosa que deseo seguidamente relatarte:

Tras la vuelta de la corte a Madrid en 1606 la ciudad se va a ver sometida a una importante remodelación urbanística, en la que destacará, por su utilidad pública y por su aporte ornamental, la construcción de nuevas y vistosas fuentes para algunas de sus plazas más significativas, como las de la Provincia, Cebada, Descalzas Reales, San Salvador, Puerta Cerrada, Puerta de Moros y Puerta del Sol. La mayoría de dichas fuentes se proyectó rematarlas con esculturas mitológicas de corte clásico y para ello se encargó en 1619 al florentino mercader de arte Ludovico Turchi la adquisición en Italia de diversas estatuas. Una de ellas es nuestra protagonista: Una Venus, diosa romana del amor, la belleza y la fertilidad, que aparece sobre dos cabezas de delfines, símbolos del mar que vio nacer a la diosa, y acompañada de su hijo Cupido. La figura está realizada en marmol blanco y tiene 1,68 m de altura.

La Venus, que como anécdota diremos que llegó a España decapitada como consecuencia del traqueteo del viaje, se destinó a la fuente de la Puerta del Sol, instalándose allí en 1625. A la diosa se le añadió en la mano por lo visto una cruz verde de la esperanza a fin de evitar comentarios críticos relacionados con la falta de decoro público (estaba situada justo delante de la hoy desaparecida Iglesia del Buen Suceso). La Venus pasó oficialmente a ser una representación de la Fe y como Fuente de la Fe se dio a conocer, aunque también fue desde el principio llamada de las Arpías, debido a que sus cuatro caños estaban colocados sobre figuras de arpías que arrojaban agua por los pechos.

 La fuente se hizo popular y por la escultura que la coronaba, una hermosa mujer esculpida en mármol blanco, fue rebautizada por los aguadores que la frecuentaban como La Mariblanca, nombre que cuajó pronto entre la ciudadanía y con el que se quedaría ya para siempre.

En 1727 se encargó a Pedro de Ribera un profundo rediseño de la fuente que incluyó por ejemplo la eliminación de las arpías y otros elementos ornamentales, pero se respetó a la Mariblanca debido al enorme apego que sentían por ella los madrileños. Con el paso de los años la fuente va a verse seriamente deteriorada, decidiéndose su demolición en 1838, aunque conservándose eso sí la escultura que es trasladada a la fuente de la Plaza de las Descalzas Reales. Esta fuente desaparecerá también en 1892 y la Mariblanca es llevada entonces a los depósitos municipales, donde permanecerá almacenada hasta que en 1914 el ayuntamiento le busca ubicación pública, instalándola primero en el Parque de El Retiro y posteriormente en el Museo Municipal.

 No obstante, el periplo viajero de esta estatua, a semejanza del sufrido por otras muchas esculturas de la ciudad no termina aquí. En 1969 fue colocada, como quizás algunos recordaréis, entre dos dobles columnas y junto al estanque rectangular existente al inicio del Paseo de Recoletos. Allí, al alcance de actuaciones incívicas, la escultura sufrirá diversos y serios desperfectos. Retirada finalmente de este emplazamiento y tras ser convenientemente restaurada, encontró refugio en 1984 en el zaguán principal de la Casa de la Villa (antiguo Ayuntamiento) donde continúa estando actualmente.

En 1985 el alcalde Tierno Galván encargó, para situarla en su emplazamiento original en la confluencias de las calles Alcalá y Carrera de San Jerónimo, la copia de la Mariblanca que actualmente vemos en la Puerta del Sol y que como habréis notado no se encuentra ahora exactamente en dicho lugar, si no a la entrada de la calle Arenal, pues en 2009, tras la última remodelación de la plaza, se decidió pasarla al lado opuesto de la plaza. ¿Se estará ya quieta?

De la Mariblanca, además de la mencionada réplica instalada en la Puerta del Sol, se hizo otra destinada en su día al Museo de la Ciudad. Con el cierre de este en agosto de 2012 su colección fue repartida, llevándose la escultura al Museo de Historia, en la Calle de Fuencarral, donde desde 2014 y hasta ahora se exhibe.


Pero si bien es cierto que como hemos visto la Mariblanca de la ciudad de Madrid hace tiempo que dejó de estar cerca del agua como le gustaría (recordemos que está Venus está representada junto a un delfín, símbolo del mar del que nació según la mitología), en la Comunidad, concretamente en Aranjuez, sigue existiendo una Fuente de la Mariblanca. Allí, en el centro de la plaza de San Antonio, existe una enorme fuente cuyo origen se remonta al siglo XVIII y que habiendo estado inicialmente coronada por una estatua del rey Fernando VI, por orden de Carlos III esta fue sustituida en 1762 por la imagen de una hermosa Venus esculpida en piedra blanca por el artista de la época Juan Reina. La fuente pasó a llamarse de Venus (su actual nombre oficial), pero debido al cierto parecido de la escultura con la de la fuente de la Puerta del Sol de Madrid, se le dio popularmente ya entonces el mismo nombre que a esta, hasta el punto que hoy en día no solo la fuente, sino hasta la plaza es conocida como la de la Mariblanca.


Para terminar esta entrada, como curiosidad adicional un apunte musical relacionado con nuestra protagonista: A principios de los años 50, la cantante Olga Ramos, la reconocida última reina del cuplé madrileño, incluyó en su repertorio una mazurca, con letra de Francisco de la Vega, dedicada a la Mariblanca. Si quieres puedes escucharla pulsando este enlace a youtube (en una actuación televisiva emitida en 1981). 

Palacio de Godoy

En el número 9 de la Plaza de la Marina Española, haciendo esquina con la calle de Bailen, encontramos uno de esos edificios de la ciudad con interesante historia pero que al no ser especialmente llamativo en su estética exterior pasa desapercibido para muchos paseantes. Me estoy refiriendo al Palacio Grimaldi o Palacio Godoy, pues por ambos nombres es conocido, y que en la actualidad es sede del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Este edificio fue construido en 1775 según proyecto de Francesco Sabatini, quien como arquitecto real había recibido el encargo de Carlos III de construir en las cercanías del Palacio Real (por aquel entonces recientemente inaugurado como nueva residencia real) el Palacio de los Secretario de Estado, destinado a albergar al Primer Secretario de Estado o primer ministro y a varias de las dependencias administrativas ligadas a la función de este. El lugar elegido fue el solar situado junto al Colegio Convento de doña María de Aragón, hoy Palacio del senado, frente al Real Monasterio de la encarnación.

El palacio resultante fue un edificio sencillo y externamente de trazas clásicas madrileñas: Sobre basamento de piedra se elevan los muros de ladrillo visto en los que se abren, en rígida simetría, vanos y ventanas. El interior, si bien muchos de los elementos decorativos se han perdido, está en cambio más estéticamente ornamentado, destacando sin duda arquitectónicamente la escalera de marmol de tipo imperial que arranca del vestíbulo porticado y, subdividiéndose en dos tramos perpendiculares, desemboca en el piso principal. Se conserva la disposición de los grandes salones, así como la mayor parte de las pinturas de sus techos, de motivos chinescos, neopompeyanos o paisajistas. En aquellos momentos el Secretario era el marqués de Grimaldi, que no llegó a instalarse en él. Finalizado el edificio, sí lo habitó su sucesor, el conde de Floridablanca,

El Palacio se denomina del marqués de Grimaldi porque este fue el Secretario de Estado vigente cuando se finalizó la construcción, aunque realmente él no llego a instalarse plenamente en el edificio (fue destituido en 1777). Su sucesor, el conde de Floridablanca sí habitó el inmueble hasta 1792 (tras el fallecimiento de Carlos III había sido mantenido en el cargo por el nuevo rey Carlos IV), y tras este vendría Manuel Godoy, quien no sólo va a habitar el Palacio sino que lo adquiere en propiedad tras permutar con la corona dicho inmueble a cambio de varias viviendas que él poseía. Al fijar Godoy en este Palacio su residencia oficial encarga diversas obras de ampliación y mejora. No sólo se introducen mármoles y maderas nobles, sino que se decoran techos y se embellecen estancias, especialmente con el aporte de la fantástica colección de pinturas que el "Principe de la Paz" posee, entre las que se encuentran obras maestras, como “La Venus del espejo” de Diego Velázquez y “La educación de Cupido” de Correggio. También estuvieron allí por lo visto colgados por un tiempo los cuadros de “La maja desnuda” y “La maja vestida” de Francisco de Goya, quien además pintó por encargo de Godoy cuatro pinturas alegóricas de formato circular, de las que actualmente se conservan tres  en el Museo del Prado.

En 1807 Godoy va a recibir como regalo del Ayuntamiento de Madrid el Palacio de Buenavista, en la actual Plaza de Cibeles (sede ahora del Cuartel General del Ejército de Tierra), edificio que hasta ese momento había pertenecido a los duques de Alba. Godoy procedió a hacer el traslado de domicilio y, aunque realmente no llego a habitar su nueva residencia, pues cayo pronto política y socialmente en desgracia, lo cierto es que pronto dejaría ya el Palacio del Marqués de Grimaldi. En 1808 Madrid va a ser ocupado por las tropas napoleónicas y Joaquín Murat, cuñado de Napoleón, decide en calidad de máxima autoridad militar de las tropas francesas acantonadas en la capital instalarse en nuestro palacio. Desde allí, este comandante con serias aspiraciones a ser proclamado rey de España (finalmente ya sabemos que Napoleón reservó dicho título para su hermano José Bonaparte y otorgó a Murat el de rey de Nápoles) vivió el levantamiento del pueblo de Madrid y fue desde allí desde donde gestionó la violenta represión acaecida durante el 2 y 3 de mayo.

El Palacio sufrirá durante la invasión napoleónica el expolio de las tropas francesas y, perdido buena parte de su antiguo esplendor. en los años sucesivos cambiará a menudo ya de finalidad como inmueble de uso público: Fue primero sede del Consejo del Almirantazgo, pasando en 1819 a albergar las dependencias de la Biblioteca Real; en 1826 se convirtió en sede de las Secretarías del Despacho de Gracia y Justicia, Hacienda, Guerra y Marina, hasta que un incendio en el edificio ocurrido el 29 de noviembre de 1846 aconsejó el traslado de estas dependencias, ya convertidas con el régimen liberal en Ministerios. Sólo quedaron en el edificio las dependencias del Ministerio de Marina, al que pocos años después se le agregarían las del recientemente creado Museo Naval (1844). El resto del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX siguió desempeñando funciones ministeriales, aunque en algunas ocasiones parte de sus habitaciones y salones recuperaron el lujo de tiempos pasados al convertirse en los alojamientos de las futuras reinas de España, María Cristina de Austria y Victoria Ana de Battenberg, antes de sus respectivas bodas con Alfonso XII -en segundas nupcias- y Alfonso XIII. En 1941 se decidió instalar en el palacio el Museo del Pueblo Español, donde se podían contemplar trajes regionales e históricos, así como productos y manifestaciones artísticas locales y populares. En 1977 se convertiría en el actual Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

En 1962 fue declarado Monumento Histórico-Artístico y desde el 2000 tiene la consideración de Bien de Interés Cultural (BIC).

Para terminar, no quiero dejar de referir una curiosidad más relacionada con este palacio, y es que a día de hoy sigue conservándose íntegro el despacho que Manuel Godoy tuvo allí (no sólo la mesa y la silla, sino también la lámpara dieciochesca, el recubrimiento enmaderado en caoba de los muros, los adornos en paredes, la alfombra de la desaparecida Real Fábrica de Santa Bárbara, … ), pero no se conserva en el Palacio de la plaza de la Marina, sino en la planta noble del actual Cuartel general de la Armada situado en la confluencia entre el Paseo del Prado y la calle Montalbán. Pinturas y mobiliario fueron trasladados allí en 1929, pieza a pieza y respetando para la nueva ubicación las dimensiones y detalles de la estancia original. El despacho no está abierto al público y solo se abre actualmente para recepciones del más alto rango estatal.


Si sientes curiosidad por ver como es dicho despacho pincha en el enlace que te facilito y que da acceso a diversas fotografías facilitadas en su día por el diario ABC.